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La soberanía herida y la tentación del poder

Viernes, 23 de enero de 2026 a las 04:00

Hay frases que no buscan convencer, sino incomodar. Frases que no pretenden cerrar un debate, sino abrirlo. El último posteo de Evo Morales en su cuenta X pertenece a esa categoría. No por su extensión —breve hasta el límite de lo que permite una red social— sino por la densidad moral que condensa. Allí, el expresidente indígena boliviano acusa a Donald Trump de bombardear Venezuela negando la vida y la dignidad, y reivindica a ese país como una nación soberana, firme, consciente, revolucionaria.

Más allá de las simpatías o rechazos que pueda generar Evo Morales como figura política, su pronunciamiento nos obliga a detenernos. No para adherir de inmediato, ni para rechazar de plano, sino para pensar. Porque cuando en el debate público aparecen palabras como vida, dignidad y soberanía, ya no estamos solo ante un conflicto geopolítico: estamos ante una pregunta ética de fondo.

¿Qué significa hoy hablar de soberanía en un mundo atravesado por la asimetría del poder? ¿Quién decide cuándo un Estado ha perdido el derecho a gobernarse a sí mismo? ¿Puede una intervención armada, aun cuando se justifique en nombre de la legalidad o la seguridad, sostenerse sin erosionar aquello que dice defender?

Vivimos un tiempo en el que la fuerza vuelve a presentarse como argumento. Y eso debería inquietarnos.

La tentación de la intervención

La intervención militar estadounidense en Venezuela, ejecutada bajo el argumento de combatir el narcotráfico y restaurar el orden, ha sido celebrada por algunos y condenada por otros. Para unos, representa el final de un régimen que había convertido al Estado en botín. Para otros, es una reedición peligrosa de una lógica imperial que América Latina conoce demasiado bien.

Ambas lecturas conviven, y negarlo sería deshonesto. Venezuela no es un territorio abstracto violentado sin historia previa. Es un país atravesado por años de autoritarismo, colapso institucional, pobreza estructural y migración forzada. Millones de venezolanos han visto degradarse su vida cotidiana mucho antes de que un solo misil cruzara su cielo.

Pero reconocer eso no resuelve la pregunta central. Porque el problema no es solo qué se hace, sino cómo y desde dónde se hace. La intervención externa, cuando se ejecuta unilateralmente, no suspende la violencia: la reordena. No elimina la dominación: la traslada.

La historia latinoamericana es clara al respecto. Cada vez que una potencia se arrogó el derecho de decidir por otro pueblo en nombre del bien, el saldo fue una soberanía fracturada y una sociedad más dependiente. La tutela nunca fue emancipadora.

La soberanía no es un eslogan

Cuando Evo Morales habla de soberanía, no lo hace desde un manual de derecho internacional, sino desde una experiencia política concreta. Su trayectoria —con todas sus contradicciones— está atravesada por la idea de que los pueblos deben decidir su destino, incluso cuando se equivocan. Y eso introduce un elemento incómodo para el pensamiento liberal clásico: la soberanía no garantiza buenos gobiernos, pero su ausencia garantiza algo peor.

Porque sin soberanía no hay posibilidad de corrección interna. No hay aprendizaje colectivo. No hay responsabilidad política real. Cuando el cambio llega impuesto desde fuera, la ciudadanía queda reducida a espectadora de su propio destino.

Aquí es donde la frase sobre la dignidad cobra sentido. La dignidad no es solo un concepto moral; es una condición política. Implica reconocer a los pueblos como sujetos, no como objetos de intervención. Implica aceptar que la libertad no se exporta en aviones ni se instala con tropas.

La pregunta no es si el gobierno venezolano merecía críticas —las merecía—, sino si la vía elegida respeta la humanidad de quienes habitan ese territorio.

El poder y su justificación

Todo poder busca justificarse. Y en esa búsqueda suele construir relatos que lo absuelven de antemano. La lucha contra el narcotráfico, el terrorismo o la corrupción se ha convertido en un lenguaje comodín que permite suspender principios fundamentales cuando conviene.

Pero la filosofía política nos ha advertido, desde hace siglos, que el problema no es solo el abuso del poder, sino su normalización. Cuando aceptamos que la fuerza puede sustituir al derecho en determinadas circunstancias, abrimos una grieta que luego es imposible cerrar.

Hoy es Venezuela. Mañana, ¿quién?

La dignidad humana no admite excepciones estratégicas. O se la defiende siempre, o se la vacía de contenido.

La palabra como resistencia

En este contexto, la palabra de Evo Morales —más allá de su tono, más allá de su carga ideológica— cumple una función que no debería ser despreciada: recuerda que la violencia no puede convertirse en lenguaje legítimo de la política internacional. Que aún existe una memoria histórica en el sur global que no ha olvidado cómo se construyeron muchas de nuestras tragedias.

No se trata de idealizar liderazgos ni de romantizar procesos fallidos. Se trata de sostener un principio básico: la vida humana no es un daño colateral aceptable, y la dignidad no es negociable.

La política que olvida eso se convierte en administración de cuerpos.

Pensar desde la incomodidad

Tal vez el mayor mérito —si cabe la palabra— de este episodio es obligarnos a pensar desde un lugar incómodo. A no alinearnos automáticamente con el poder ni con la denuncia fácil. A reconocer que la justicia no siempre coincide con la eficacia, y que la legalidad no siempre coincide con la legitimidad.

Pensar desde América Latina implica cargar con una memoria de heridas abiertas. Pero también implica la responsabilidad de no repetir, desde otros discursos, las mismas lógicas que criticamos.

La soberanía no es una bandera para encubrir abusos internos. Pero tampoco es un obstáculo que deba ser removido cuando estorba a los intereses de los fuertes.

Una pregunta abierta

Al final, el mensaje de Evo Morales no nos ofrece respuestas cerradas. Nos deja, más bien, una pregunta que sigue resonando: ¿qué tipo de orden mundial estamos dispuestos a aceptar?

Uno donde la fuerza decide y la dignidad se invoca solo cuando conviene, o uno donde la vida humana sigue siendo el límite que no puede cruzarse sin consecuencias morales profundas.

Pensar esa pregunta no es un lujo intelectual. Es una urgencia política. Y quizá, en tiempos de ruido y consignas, pensar sea ya una forma de resistencia.

 

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