Durante el reciente Foro Económico de CAF, realizado en un entorno tropical que por momentos recordaba a Santa Cruz de la Sierra, fue inevitable advertir similitudes evidentes —clima, vitalidad urbana, población joven— junto con diferencias profundas en resultados económicos y calidad institucional. Ese es el punto de partida de esta reflexión.
Bolivia y Panamá partieron de condiciones regionales comparables. Ambos son países de tamaño medio en América Latina, con historias marcadas por el ideario de Simón Bolívar y por el desafío de construir Estados funcionales tras la independencia. Sin embargo, el punto de llegada ha sido distinto, no por azar ni por geografía, sino por decisiones persistentes en el tiempo.
Panamá no es un país rico en recursos naturales. Su principal activo fue comprender que su desarrollo dependía de aprovechar su ubicación geográfica para insertarse en la economía global. Alrededor del Canal se consolidó una red de servicios logísticos, financieros, comerciales y corporativos que generó divisas, inversión y empleo de manera sostenida. Este modelo le permitió duplicar el ingreso per cápita incluso cada diez años y sostener un crecimiento superior al promedio regional durante más de tres décadas.
Bolivia, en contraste, estructuró su crecimiento sobre los ingresos de los recursos naturales y un rol central del Estado en la economía. El auge de los precios de las materias primas de este siglo permitió avances en reducción de pobreza y desigualdad, pero no produjo una transformación profunda del país. Cuando el ciclo de altos precios se revirtió, la realidad nos mostró sus límites en forma de desequilibrios fiscales, escasez de divisas y bajo dinamismo productivo.
La diferencia clave entre ambos países está en cómo generan recursos externos. Panamá exporta servicios intensivos en conocimiento y logística; Bolivia exporta mayoritariamente materias primas. Esto explica por qué Panamá enfrenta hoy desafíos de calidad del crecimiento y equidad, mientras Bolivia enfrenta desafíos de estabilidad macroeconómica y baja capacidad de crecimiento.
Estas trayectorias nacionales se reflejan con claridad en sus principales ciudades. La ciudad de Panamá funciona como una verdadera ciudad-país, profundamente integrada al comercio y las finanzas internacionales, con un ingreso por habitante urbano cercano a los USD36.000. Su estructura productiva está dominada por logística, transporte aéreo y marítimo, finanzas y servicios corporativos avanzados.
Santa Cruz de la Sierra, por su parte, es el polo productivo de Bolivia. Su crecimiento se explica por una combinación de recursos naturales (renovables y no renovables), un espíritu emprendedor a pesar del entorno adverso, la capacidad de atraer talento y capital nacional y extranjero, e institucionalidad.
Ambas ciudades comparten desafíos propios del rápido crecimiento: infraestructura, transporte, vivienda y sostenibilidad. La diferencia vuelve a ser el ecosistema. La ciudad de Panamá opera dentro de un marco estable, abierto y financieramente integrado.
Santa Cruz lo hace bajo restricciones externas, fiscales y regulatorias que limitan su proyección. Pero también condicionada por su éxito en el siglo pasado que fue todo un hito, pero que hoy debe escribirse con otros enfoques, instituciones y visión en un entorno global distinto al siglo XX. Debe ser muy ambiciosa, pero no soñadora.
La lección es clara: el desarrollo no depende del clima, ni de centrarse en el corto plazo. Depende de reglas estables, inserción inteligente al mundo y decisiones pragmáticas sostenidas en el tiempo. Panamá entendió antes cómo convertir ventajas potenciales en resultados reales; mientras que Bolivia aún está a tiempo de hacerlo.
Desde el Foro de la CAF, la comparación Panamá/Bolivia y Ciudad de Panamá/Santa Cruz de la Sierra me deja una reflexión: el desarrollo no es retórica, sino acumulación pragmática en el tiempo de decisiones correctas que supieron aprovecharon las oportunidades.
(*) El autor es economista