La Paz, Bolivia, finalmente es 8 de noviembre de 2025. En una jornada cargada de simbolismo y esperanza, Bolivia vivió un punto de inflexión. Por primera vez en el siglo XXI, el país reconoció públicamente el agotamiento del modelo socialista que lo rigió durante décadas. El nuevo gobierno, encabezado por el presidente Paz Pereira, no solo asumió el desastre heredado, sino que lo enfrentó con dignidad, fuerza y una pregunta que resonó como un eco incómodo en todo el continente: “¿Dónde está el mar de gas? ¿Dónde está el litio?”
La interrogante no es retórica. Es el grito de un país que, tras años de promesas incumplidas, observa cómo sus recursos naturales se diluyen entre contratos opacos, falta de infraestructura y una gestión estatal que, en el caso del litio, ha significado un despilfarro fiscal. Solo en 2024, Bolivia exportó 1.846.888 kilogramos de carbonato de litio por puertos chilenos y por Puerto Quijarro–Arroyo Concepción, equivalentes a apenas 15,6 millones de dólares.
El litio que no fue. La empresa estatal YLB, creada para industrializar el litio boliviano, se ha convertido en símbolo de lo que no se hizo. Estudios comparativos con Argentina y Chile revelan que Bolivia posee menor concentración de litio en sus salmueras, lo que exige mayor volumen de extracción y más agua, un recurso escaso en el altiplano. Sin tecnología de extracción directa (EDL), el modelo actual no es sostenible ni viable.
Además, las comunidades de Potosí y Oruro, principales zonas productoras, siguen sin recibir beneficios tangibles. La industrialización prometida se ha convertido en humo, y el turismo —menos contaminante y más inclusivo— emerge como alternativa real.
Diplomacia en pausa. Pero el litio no es solo un problema técnico. Es también una cuestión geopolítica. Bolivia necesita puertos para exportar, y Chile es el vecino más lógico. Sin embargo, las relaciones diplomáticas entre ambos países siguen congeladas. Reanudarlas parece deseable, pero no oportuno.
Expertos como Roxana Forteza y Gonzalo Mendieta Romero coinciden: antes de hablar de soberanía o reabrir embajadas, se debe construir una agenda funcional. Litio, minería, puertos, crimen organizado, migración laboral y comercio bilateral son temas urgentes que requieren mesas técnicas permanentes. Lo diplomático vendrá después.
¿Y el momento político? Bolivia está en transición. Chile, en campaña electoral. Reanudar relaciones ahora sería precipitado y poco estratégico. Lo que se necesita es madurez institucional, visión compartida y una política exterior cooperativa que no repita errores del pasado —como la guerra del gas de 2003 o el fallido intento de diálogo en Monterrey en 2004.
¿Qué sigue? Bolivia ha despertado. Su nuevo gobierno tiene la oportunidad de redefinir el rumbo, no solo en materia energética, sino también en su relación con Chile. Pero para que ese edificio binacional se construya, primero hay que preparar los cimientos: técnicos, sostenibles y compartidos.
Porque como dice la humorista chilena Sole: “Me muero muerta” si volvemos a tropezar con la misma piedra.