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Santa Cruz, herencia de valor y libertad: un legado de 215 años de rebeldía

Miércoles, 24 de septiembre de 2025 a las 07:06

Hoy, al celebrar 215 años de libertad, Santa Cruz recuerda que se hizo grande por su gente y por la naturaleza pródiga que la rodea. Su historia enseña que la libertad no es un regalo heredado, sino una conquista diaria. 

Santa Cruz nació entre ríos, llanuras y selvas. Antes de que sonaran clarines de independencia o voces de cabildos, ya respiraban aquí pueblos originarios que marcaron la identidad de esta tierra. Chiquitos, chanés, guarayos y chiriguanos fueron los primeros arquitectos de la vida comunitaria. Cazaban, pescaban, cultivaban maíz y yuca, cantaban en lenguas diversas y tejieron la primera trama de una sociedad que siglos después se reconocería en su mestizaje. 

El 24 de septiembre de 1810, los cruceños escribieron la primera página de su libertad. Antonio Vicente Seoane y el coronel Antonio Suárez encabezaron el Cabildo que desconoció la autoridad realista. 

Seis años más tarde, Ignacio Warnes entregó su vida en El Pari con aquel grito inmortal: “¡Cruceños, a vencer o con gloria morir!”. Más de tres mil muertos dejó esa batalla, y entre ellos, el héroe que transformó a los Pardos Libres en ejemplo de coraje. Tras su caída, el ‘Colorao’ Mercado mantuvo viva la llama desde las guerrillas. Desde entonces, Santa Cruz no volvió a ser indiferente a la causa emancipadora. Hoy, al celebrar 215 años de libertad, esa gesta sigue siendo brújula.

La rebeldía de Santa Cruz nunca se agotó. Las 21 instrucciones de 1825, entregadas a los diputados Seoane y Caballero, reclamaban democracia, libre comercio, educación y el anhelo de abrirse al Atlántico por la hidrovía Paraguay–Paraná. En el siglo XIX, ese espíritu se renovó en luchas federalistas como la de Andrés Ibáñez y en proyectos modernizadores como el Memorándum de 1904 o el movimiento Ferrocarril o Nada. En el siglo XX, Melchor Pinto Parada y las luchas cívicas conquistaron las regalías petroleras y sentaron las bases de un desarrollo que hasta entonces había sido negado.

La cultura productiva, forjada desde los trapiches coloniales, se consolidó en la agroindustria moderna. Catalina Polanco fue pionera en el siglo XVII; Lorenzo Santa Cruz Aguilera introdujo trapiches a vapor en el XIX; y en el XX, apellidos como Aponte, Gutiérrez, Gasser y Barbery dieron forma al milagro productivo. Rubén Darío Gutiérrez, primer presidente del Comité Cívico, encarnó la transición entre la pasión familiar y la institucionalidad moderna. 

La ganadería también siguió ese pulso innovador. De la cría extensiva de subsistencia pasó a la alta genética, con cabañas que hoy exportan semen, embriones y reproductores de excelencia. Nombres como Luis F. Saavedra, Wilfredo Villavicencio u Osvaldo Monasterio elevaron al departamento a la élite regional. 

La ciudad misma es ejemplo de esa tenacidad. Omar Chávez Ortiz destinó regalías para servicios básicos; Roly Aguilera abrió el horizonte con Viru Viru, la Bimodal y el Parque Industrial; Sergio Antelo devolvió la arquitectura y el pensamiento planificado; y Percy Fernández, con su estilo incansable, multiplicó avenidas, drenajes, mercados y hospitales. Gracias a ellos, Santa Cruz pasó de aldea polvorienta a metrópoli de anillos y radiales, una urbe abierta al mundo.

El alma de Santa Cruz también late en su arte. Gabriel René Moreno nos enseñó que “la historia es la memoria de los pueblos”, Pedro Rivero Mercado dibujó con ironía a las tres perfectas solteras, Liliana Colanzi lleva la literatura cruceña a escenarios globales. Gladys Moreno, embajadora de la canción boliviana, puso voz a la identidad, mientras Aldo Peña, Guísela Santa Cruz o Piraí Vaca confirmaron que esta tierra es música. Desde los taquiraris hasta el pop urbano de Bonny Lovy, Santa Cruz canta su diversidad.

En el deporte, Willy Bendeck rugió en los circuitos como el primer ídolo; Marco Etcheverry y Erwin Romero brillaron con el balón; Rolando Aguilera fundó la Tahuichi, que conquistó canchas del mundo; Erwin Sánchez dejó el único gol boliviano en un Mundial; Marcelo Martins se convirtió en el goleador histórico de la Selección; Katerine Moreno ondeó la tricolor en cuatro Juegos Olímpicos; y el ‘Chavo’ Salvatierra escribió la epopeya del Dakar. Hoy, Miguelito Terceros simboliza el futuro de un fútbol hambriento de gloria. 

También hay héroes silenciosos. Monseñor Nicolás Castellanos, que en el Plan Tres Mil levantó más de 100 escuelas y salvó la vida de 5.000 niños. Las damas de Davosan, que desde hace 55 años sostienen con amor a quienes no pueden costear medicamentos. Y Noel Kempff Mercado, que entregó su vida en defensa de la naturaleza y cuyo nombre quedó inmortalizado en un parque que es patrimonio de la humanidad.
Santa Cruz es biodiversidad y mito. Es la “viudita” que asustaba a tunantes, los fantasmas del Altillo Beni y la Casa Santa que incluso espantó a Percy Fawcett. Es carnaval con reinas que simbolizan la alegría de un pueblo, plumas que pesan como coronas y comparsas que bordan en sus casacas la creatividad camba. 

Hoy, al celebrar 215 años de libertad, Santa Cruz recuerda que se hizo grande por su gente y por la naturaleza pródiga que la rodea. Su historia enseña que la libertad no es un regalo heredado, sino una conquista diaria. Desde los caciques originarios hasta los emprendedores contemporáneos, desde Warnes en El Pari hasta Castellanos en el Plan Tres Mil, desde la voz de Gladys Moreno hasta el gol de Platiní, Santa Cruz ha aprendido que el único destino posible es el progreso.
 

Que lo sepan las generaciones que vienen: esta tierra no improvisa, no se resigna, no retrocede. Santa Cruz camina con la certeza de que su grandeza es fruto de la memoria, del trabajo y de la esperanza. Y que, como lo soñaron sus héroes y lo reafirman sus 215 años de libertad, no existe otro horizonte que el de un futuro abierto, luminoso y compartido.
 

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