Durante décadas, los juguetes han sido vistos únicamente como objetos de entretenimiento. Sin embargo, hoy su rol va mucho más allá del juego: se han convertido en herramientas sociales y educativas capaces de influir en la forma en que los niños comprenden el mundo, se relacionan con los demás y construyen valores. En ese escenario, los juguetes inclusivos emergen como un recurso fundamental para promover el respeto a la diversidad, la empatía y la prevención de la discriminación desde edades tempranas.
“El impacto de estos juguetes en la infancia es bastante positivo, tanto para niños con algún diagnóstico como para aquellos que no lo tienen. La inclusión y la normalización de la diversidad a través del juego contribuyen directamente a prevenir el bullying y la discriminación, problemáticas cada vez más visibles en entornos escolares y sociales”, señala Tatiana Montoya, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
La psicóloga señala que, para los niños que no presentan un diagnóstico específico, estos juguetes permiten comprender que existen distintas formas de ser, sentir y comunicarse. “Les ayuda a mirar cuáles son las diferencias, a incluir y no discriminar”, afirma.
En cambio, para aquellos niños que sí tienen un diagnóstico, el impacto es aún más profundo: se sienten representados, identificados y, sobre todo, parte de la sociedad. Esa identificación fortalece la autoestima y reduce la sensación de exclusión que muchos experimentan desde temprana edad.
Desde la psicología, el valor de los juguetes inclusivos se vincula estrechamente con el aprendizaje vicario, un tipo de aprendizaje que se da a través del modelado y la observación. Montoya explica que los niños aprenden no solo de lo que se les dice, sino de lo que ven y reproducen en el juego. En este sentido, padres y cuidadores cumplen un rol clave: al participar activamente, pueden mostrar cómo interactuar con niños que tienen distintas condiciones, cómo tratarlos con respeto y cómo comprender sus conductas sin prejuicios.
El ámbito educativo también tiene una responsabilidad central. Para la especialista, los docentes deberían incorporar el uso de juguetes inclusivos dentro de sus planes pedagógicos, ya que estos recursos contribuyen al desarrollo de habilidades blandas esenciales como la empatía, el pensamiento crítico, la inclusión y el respeto. Estos valores, afirma, son fundamentales no solo para la convivencia escolar, sino para la formación de ciudadanos más conscientes y solidarios en el futuro.
Asimismo, la experta destaca que los psicólogos pueden integrar estos juguetes como herramientas terapéuticas, tanto en el acompañamiento de niños con diagnósticos específicos como en aquellos que conviven con ellos.
En el caso del espectro autista, subraya que se trata de personas que, más allá de las dificultades comunicacionales, tienen mucho que enseñar en términos de procesamiento de información y desarrollo de habilidades. El juego, en este contexto, se convierte en un puente para el entendimiento mutuo y la aceptación.
En los últimos años, la industria del juguete ha comenzado a responder a esta necesidad social incorporando propuestas más diversas, como muñecas con prótesis, figuras con ayudas técnicas o representaciones de distintas condiciones. Aunque estos ejemplos siguen siendo puntuales, marcan un cambio de paradigma: la diversidad deja de ser invisible y pasa a formar parte de la cotidianidad del juego infantil.
El impacto de los juguetes inclusivos no se limita al ámbito individual. A nivel social, contribuyen a generar conversaciones necesarias sobre discapacidad, diferencias y convivencia, ayudando a romper estigmas que históricamente han marginado a ciertos grupos. Al integrar la diversidad de manera natural en el juego, se construyen entornos más respetuosos y se sientan las bases para una cultura de inclusión real.
En definitiva, los juguetes inclusivos son mucho más que una tendencia. Son una herramienta concreta para educar en valores, prevenir la discriminación y promover una mirada más amplia y empática de la sociedad.
Finalmente, según Montoya, incluir estos recursos en la familia, la escuela y la práctica profesional es una forma efectiva de garantizar que todos los niños se sientan parte del juego y, por extensión, parte de la comunidad.