La educación superior atraviesa momentos decisivos. El avance de la inteligencia artificial (IA), la digitalización y los cambios en el mundo laboral obligan a las universidades a repensar su rol. Innovar en educación ya no es una opción; es una necesidad urgente para garantizar aprendizajes pertinentes, sostenibles y conectados con la realidad de los estudiantes y la sociedad.
Para Ariel Villaroel, coordinador nacional del Instituto de Innovación Educativa de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), no basta con transmitir conocimientos de manera tradicional. El desafío es transformar el aula en un espacio activo, donde el aprendizaje surja de la experimentación, la resolución de problemas y la aplicación práctica del conocimiento.
“Innovar en educación no es simplemente llenar los salones de pantallas o utilizar plataformas digitales. Es una reingeniería profunda del modelo pedagógico. Significa transitar desde una enseñanza magistral hacia un aprendizaje activo y experiencial, donde el estudiante deje de ser un espectador para convertirse en el arquitecto de su propia formación a través de proyectos reales y simulaciones inmersivas”, puntualiza Villaroel.
Un instituto para liderar la transformación educativa
Con esa visión surge el Instituto de Innovación Educativa de Unifranz (IIE), como parte del ecosistema de investigación impulsado por Unifranz. Su misión es generar conocimiento aplicado que impacte directamente en la calidad de la enseñanza y en la mejora continua del modelo formativo.
“No nace en el vacío; se constituye como la unidad estratégica encargada de liderar la transformación educativa mediante la investigación aplicada y la experimentación con tecnologías emergentes”, explica Villaroel.
“Tenemos participación en los planes estratégicos para reformular, mejorar e incorporar el modelo transformador en la universidad”, añade.
Líneas de investigación que marcan el rumbo
El Instituto desarrolla su trabajo a través de nueve líneas de investigación orientadas a enfrentar los principales desafíos de la educación contemporánea. Estas líneas permiten analizar la incorporación de tecnología educativa, el uso adecuado de recursos digitales y los procesos formativos a lo largo de la vida, con el objetivo de generar propuestas pedagógicas sólidas y contextualizadas.
“No se trata solo de usar tecnología, sino de comprender cómo debe aplicarse para generar un verdadero impacto en el aprendizaje”, enfatiza Villaroel. Esta mirada evita soluciones superficiales y apuesta por una innovación educativa basada en evidencia, alineada a las necesidades reales de estudiantes y docentes.
La existencia del Instituto garantiza que la innovación no sea un esfuerzo aislado, sino un proceso institucionalizado y sostenible. A través de investigación rigurosa, vinculación con universidades y centros académicos internacionales, y la creación de espacios de experimentación, se promueve una cultura donde docentes y estudiantes co-crean nuevos entornos de aprendizaje adaptados al contexto local y a los retos globales.
Formación flexible y centrada en las personas
Uno de los pilares de la innovación educativa es reconocer la diversidad de trayectorias estudiantiles. Cada persona aprende a su ritmo y con objetivos distintos, lo que exige modelos formativos flexibles, inclusivos y adaptables, sin sacrificar la calidad académica.
A esto se suma el desarrollo de competencias clave para el siglo XXI, como pensamiento crítico, creatividad, colaboración y capacidad de adaptación. En este marco, la tecnología se convierte en una aliada estratégica para mejorar la experiencia educativa y potenciar el aprendizaje de manera significativa.
Evaluar para aprender, no solo para aprobar
La evaluación también requiere transformación. Los exámenes tradicionales, centrados en memorización, pierden relevancia frente a métodos que valoran el desempeño real del estudiante.
La evaluación por competencias y las acreditaciones basadas en evidencia permiten medir no solo lo que el estudiante sabe, sino lo que puede hacer con ese conocimiento en contextos reales o simulados, alineando la formación con las demandas del entorno profesional.
Apostar por institutos y centros de pensamiento no es un lujo, sino una declaración de principios. La verdadera innovación educativa no termina con un título, convierte el aprendizaje en un proceso permanente que despierta curiosidad, pensamiento crítico y pasión por aprender a lo largo de toda la vida.