La facilidad para buscar síntomas médicos en internet ha generado un fenómeno global que preocupa a los especialistas en salud mental: la cibercondría, una forma moderna de ansiedad que surge cuando la persona interpreta de manera alarmista la información médica que encuentra en la red. En lugar de brindar tranquilidad, cada búsqueda incrementa el temor a padecer enfermedades graves.
“La cibercondría es una extensión de la hipocondría tradicional, impulsada por la inmediatez digital y la sobreabundancia de información, quienes la padecen entran en un estado de ansiedad constante porque necesitan recuperar la seguridad de estar bien, pero en internet esa seguridad nunca llega”, explica la psicóloga Carmen Aguilera, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
Durante la pandemia de covid-19, este comportamiento se intensificó. El exceso de información y la llamada “infodemia” complicaron la distinción entre fuentes confiables y contenido engañoso, lo que derivó en casos de automedicación, rechazo a diagnósticos médicos y un aumento de los cuadros de ansiedad. Aguilera sostiene que “el acceso ilimitado a datos médicos puede convertirse en un detonante para personas con alta sensibilidad o temor a la enfermedad, porque cada síntoma que leen lo interpretan como una amenaza real”.
De acuerdo con estudios recientes, el ciclo de la cibercondría funciona como un círculo vicioso: cuanto más se buscan síntomas, mayor es la preocupación, y a su vez esa preocupación lleva a nuevas búsquedas. Esto se traduce en una pérdida de control, dificultad para concentrarse, insomnio y aislamiento social.
Aguilera advierte que “la búsqueda compulsiva de síntomas en internet es un intento de controlar la incertidumbre, pero en realidad la amplifica. Las personas acaban más confundidas y angustiadas porque cada resultado sugiere diagnósticos cada vez más graves”.
Esta “intolerancia a la incertidumbre” —añade— se relaciona con patrones de pensamiento obsesivo y puede llegar a compartir rasgos con el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).
¿Quiénes son más propensos?
Aunque la cibercondría puede afectar a personas de cualquier edad, los especialistas observan una mayor prevalencia entre jóvenes adultos y profesionales con alto nivel educativo que tienen acceso constante a dispositivos digitales. También influye la forma en que se aborda la salud en el entorno familiar.
“Si desde pequeños crecimos en un ambiente donde se exagera los síntomas o existe miedo constante a enfermar, es más fácil que desarrollemos ansiedad ante cualquier molestia física”, comenta Aguilera.
La psicóloga explica que los factores genéticos, el estrés crónico y las experiencias traumáticas —como la pérdida de un ser querido por una enfermedad— pueden aumentar la vulnerabilidad a este tipo de conductas.
“A veces la persona estuvo expuesta a eventos trágicos y absorbió la forma negativa de afrontarlos. Su salud emocional queda susceptible y la búsqueda digital se convierte en una manera de buscar consuelo o control”, agrega.
La cibercondría no solo afecta la estabilidad mental. También puede tener consecuencias físicas y sociales. La constante exposición a información alarmista eleva los niveles de cortisol y adrenalina, alterando el sueño y el sistema inmunológico. Además, las personas tienden a descuidar su entorno laboral y familiar.
Según Aguilera, “entre la ansiedad y los pensamientos que se tienen en relación con el miedo a estar enfermo, ambos se alimentan generando mayor pesadumbre, temor y pensamientos irracionales”. En muchos casos, el problema se agrava porque los afectados desconfían de los profesionales médicos y buscan validación únicamente en internet. “Lamentablemente, en lugar de encontrar alivio, terminan reforzando la creencia de que están enfermos, sin evidencia médica que lo confirme”, precisa.
El papel de la alfabetización digital
Frente a este escenario, los expertos insisten en la importancia de desarrollar pensamiento crítico y habilidades digitales para distinguir entre información confiable y contenidos falsos. Los algoritmos de los motores de búsqueda priorizan resultados alarmistas o sensacionalistas, y eso puede intensificar la ansiedad. Una simple consulta sobre dolor de cabeza puede derivar en diagnósticos de tumores o enfermedades neurológicas graves.
Aguilera recomienda aplicar una regla básica antes de confiar en lo que se lee en línea: verificar la fuente, la fecha de publicación y la intención del contenido. “Es fundamental que las personas aprendan a filtrar la información médica. No todo lo que está en internet tiene sustento científico, y las redes no deben sustituir la consulta con un profesional de la salud”, enfatiza.
La especialista insiste en que el tratamiento para la cibercondría debe abordarse desde la terapia cognitivo-conductual, que ayuda al paciente a identificar y modificar los pensamientos distorsionados. “El fin es perder el temor a tener una enfermedad y reducir la recurrencia de las búsquedas médicas compulsivas”, señala. “Con procesos eficaces de intervención psicológica, la persona puede recuperar su funcionalidad y calidad de vida”.