La educación no es un tramo que se recorre una sola vez ni una meta que se alcanza con un título. Es un proceso vivo que debería acompañarnos desde la infancia hasta la madurez, adaptarse a nuestras realidades y abrir oportunidades sin excluir a nadie. Hoy, cuando la sociedad cambia con rapidez y plantea desafíos complejos, la educación inclusiva y el aprendizaje a lo largo de la vida se consolidan como pilares indispensables para el desarrollo humano y social.
Yesenia González, consultora de Innovación Educativa del Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey, sostiene que repensar la educación ya no es opcional, sino urgente.
“La pregunta que nos moviliza es cómo transformar la educación para que siga siendo fiel a su propósito y, al mismo tiempo, responda a los retos actuales de la sociedad”, afirma la experta que participó como disertante en el Futures Week 2025 - nodo Bolivia del Millennium Project - organizado por la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
El Futures Week 2025 promueve el pensamiento de futuros a través de la reflexión, la creatividad y la acción colaborativa. Su objetivo es que los jóvenes participen activamente en el diseño de ciudades más humanas, sostenibles y tecnológicas.
Una educación fiel a su propósito humano
González explica que en el Instituto para el Futuro de la Educación se trabaja con una visión resumida en el concepto FAIR (este acrónimo se usa en el ámbito de la transformación educativa y significa: flexible, adecuada, inclusiva y relevante), que no pierde de vista su razón de ser.
“La educación nació con una misión y esa misión es desarrollar seres humanos plenos. Ante los retos tecnológicos y sociales no podemos perder de vista ese propósito”, señala.
Ser fiel al sentido humano de la educación implica formar personas capaces de pensar, sentir, crear y convivir en contextos cada vez más diversos y cambiantes. Para la experta, el desafío está en responder a las nuevas demandas sin sacrificar la esencia formativa que permite a las personas crecer integralmente.
Adaptarse a un entorno que cambia rápido
Otro eje clave es la capacidad de adaptación. Gonzales advierte que uno de los grandes retos de la educación hacia el futuro es su ritmo de cambio.
“Diseñamos programas que tardan cuatro o cinco años en salir, formamos profesionales otros cuatro o cinco años, y en ese tiempo el mundo ya cambió y necesita otras competencias”, reflexiona.
Por ello, insiste en la necesidad de modelos educativos más flexibles, capaces de ajustarse con mayor agilidad a lo que las personas requieren para desenvolverse en entornos inciertos. Esta adaptación no solo tiene que ver con contenidos, sino con habilidades, actitudes y formas de aprender que permitan a los estudiantes reinventarse a lo largo de su vida.
Educación inclusiva como derecho y no privilegio
Hablar de educación inclusiva va más allá de integrar a ciertos grupos. Para González, se trata de garantizar una educación de calidad para todos y con todos.
“La educación inclusiva significa que todos tengamos derecho a una educación de calidad, que no sea un privilegio de unos cuantos, sino una condición presente en todos los procesos educativos”, enfatiza.
Esta visión interpela a las instituciones educativas a revisar sus prácticas, eliminar barreras y reconocer la diversidad de trayectorias, contextos y necesidades. Una educación verdaderamente inclusiva entiende que no todos aprenden igual ni al mismo ritmo, y que esa diversidad enriquece el proceso formativo.
Aprender no solo en la universidad
Uno de los desafíos más relevantes que identifica el Instituto para el Futuro de la Educación es el aprendizaje a lo largo de la vida. Gonzales cuestiona la idea tradicional de que la formación se concentra en unos pocos años.
“Pensamos que una persona estudia cuatro o cinco años y con eso ya tiene todas las herramientas para desarrollarse durante los siguientes 60 años de su vida, y eso ya no es suficiente”, afirma.
El aprendizaje continuo propone un recorrido distinto, donde la educación acompaña a la persona en distintos momentos. “Te formas, sales al mundo laboral, adquieres experiencia, vuelves a un entorno educativo para desarrollar competencias específicas, regresas a producir, a innovar, y así mantienes un proceso de aprendizaje constante”, explica.
Este enfoque desafía a las universidades a ofrecer modelos más modulares, flexibles y pertinentes, que respondan a necesidades reales del entorno y al desarrollo profesional de cada persona.
La tecnología y la inteligencia artificial como aliadas
La tecnología, y en particular la inteligencia artificial, genera debates intensos en el ámbito educativo. Para Gonzales, el punto no es rechazarla, sino comprenderla y usarla con criterio.
“La inteligencia artificial es una herramienta. En la medida en que desarrolles pensamiento crítico, puedes identificar sus ventajas, cuestionarla y aprovecharla”, señala.
Desde su perspectiva, la tecnología puede facilitar procesos y liberar tiempo para que el docente se concentre en aquello donde realmente agrega valor. El rol del docente evoluciona. Es él quien decide cómo y cuándo usar estas herramientas, con responsabilidad.
Aprender como experiencia y no solo como resultado
Mantener el entusiasmo por aprender durante toda la vida es otro gran reto. Gonzales cree que la clave está en resignificar el aprendizaje.
“Cuando planteamos el aprendizaje como una experiencia de crecimiento, de empoderamiento y de autoconocimiento, deja de ser solo un medio para obtener una calificación o un certificado”, explica.
Asociar el aprendizaje con una experiencia significativa, y no únicamente con un resultado, permite que las personas valoren el conocimiento por sí mismo.
La educación inclusiva y a lo largo de la vida no es solo una tendencia, sino una respuesta necesaria a una sociedad que exige personas críticas, flexibles y comprometidas. Apostar por ella es apostar por un futuro donde aprender sea un derecho permanente y una fuente constante de crecimiento personal y colectivo.