El próximo Gobierno asumirá las riendas del país en un momento económico crítico. El panorama está marcado por un profundo desequilibrio macroeconómico, la erosión de la confianza y una actividad productiva estancada. El reto central será, sin duda, restablecer el equilibrio fiscal y monetario mientras se sienta la base para una recuperación económica sostenible liderada por el sector privado. Este delicado balance exige una secuencia de medidas económicas audaces y creíbles, en línea con el concepto de austeridad expansiva.
Severidad del desajuste
La economía nacional enfrenta múltiples distorsiones derivadas de un persistente y fuerte desajuste fiscal.
Déficit fiscal crónico y financiamiento insostenible: En 2024, el desajuste fiscal superó los Bs 32.200 millones (aproximadamente un 8,67% del PIB). Este déficit se ha financiado de forma mayoritaria mediante la emisión monetaria del Banco Central, respaldada en activos de mala calidad. Esta práctica ha sido el motor de la crisis, erosionando las reservas internacionales y debilitando el valor de la moneda nacional.
Crisis cambiaria y expectativas negativas: La escasez de dólares ha generado un mercado paralelo con una devaluación del boliviano cercana al 100% respecto al tipo de cambio oficial, junto con una enorme volatilidad. Esta incertidumbre ha impactado la economía real, provocando una caída importante en la importación de bienes de capital e insumos y dificultades en el suministro de combustibles, limitando el potencial productivo.
Contracción económica y riesgo financiero: La actividad económica ha mostrado tasas de crecimiento negativas durante tres trimestres consecutivos (medido en la variación interanual del PIB), señalando una recesión técnica. Paralelamente, el sistema financiero refleja la pérdida de confianza, con una caída de aproximadamente Bs 4.000 millones en depósitos a la vista y tasas de interés reales negativas. Esta situación ha obligado a los bancos a gestionar con mayor cuidado la liquidez del sistema, restringiendo el crédito e impactando negativamente en la actividad económica.
Recuperación asimétrica y sectorial: La crisis no afecta a todos por igual. Mientras sectores como la agricultura y hoteles/restaurantes muestran cierta resiliencia, otros fundamentales registran niveles de producción inferiores a los de hace seis años, incluso a los de la pandemia. Destacan la Construcción (-22%), la Extracción Minera e Hidrocarburífera (-18,45%), el Comercio (-6%) y el Transporte y Telecomunicaciones (-2.26%).
Hacia la estabilidad
El ajuste fiscal es ineludible. La corrección del desequilibrio requiere, además de un plan de austeridad profunda, la eliminación de las distorsiones de precios, especialmente en los combustibles, y la gestión de la crisis en el sector financiero. En el corto plazo, el país necesita financiamiento externo para cumplir con las obligaciones en moneda extranjera, mientras se restablece la confianza para reactivar la inversión extranjera y fortalecer al sector exportador.
En este contexto, las ideas del economista Alberto Alesina, sobre la austeridad ofrecen una hoja de ruta crucial.
Alesina sostenía que, si los gobernantes han sido fiscalmente irresponsables (acumulando déficits estructurales durante la bonanza) o si se enfrentan a un shock imprevisto, no queda otra opción que tomar medidas proactivas para corregir la sobreacumulación de deudas. El caso actual se ajusta al primer escenario: años de déficits crónicos hacen que la austeridad sea una necesidad impuesta para evitar males mayores como la hiperinflación o el default soberano.
Factor expansivo
Contrario a la visión keynesiana más elemental, Alesina argumentaba que la austeridad puede tener efectos expansivos sobre la economía si logra influir positivamente en las expectativas de los agentes económicos.
Una economía que se endeuda desaforadamente genera la expectativa generalizada de:
1. Incrementos de Impuestos futuros (incluyendo el impuesto inflacionista).
2. Recortes de gastos esenciales (infraestructura).
3. Un default soberano.
Esta expectativa de futuro sombrío puede provocar que la inversión empresarial y residencial se desplome, contrayendo la demanda agregada aún más que un ajuste fiscal.
Un plan de austeridad decidido y creíble, en cambio, puede persuadir a los inversores de que estos escenarios catastróficos se evitarán. Al insuflar confianza y mejorar las perspectivas de largo plazo, la austeridad podría, de hecho, relanzar la inversión y el gasto privado, produciendo un efecto final expansivo. Es decir, la austeridad que revierte una senda de expectativas negativas autoagravantes puede ser la llave para el crecimiento.
Ajuste cambiario
El desafío del próximo Gobierno no se limita al ajuste fiscal y la contención del gasto; exige una reforma monetaria y cambiaria profunda. La crisis de escasez de divisas ha creado una distorsión insostenible: la coexistencia de un tipo de cambio oficial (fijo y sobrevalorado) y un tipo de cambio paralelo (devaluado en aproximadamente un 100% y volátil). La unificación cambiaria es imprescindible para la estabilidad, pero conlleva un riesgo sistémico: la iliquidez bancaria.
El sistema financiero enfrenta una inmovilización de facto de los depósitos en dólares, una suerte de “corralito bancario silencioso”. Los agentes económicos se rehúsan a retirar sus dólares del sistema financiero porque el tipo de cambio al que se liquidarían es el oficial, perdiendo inmediatamente la mitad de su valor real en términos de bolivianos.
El problema radica en que, si el nuevo Gobierno unifica el tipo de cambio aceptando el valor del paralelo como el tipo de cambio de referencia, la demanda de retiro de depósitos en dólares se disparará inmediatamente. Los depositantes buscarán asegurar el valor real de sus ahorros.
Conclusiones
El próximo Gobierno se enfrenta a la obligación de implementar un ajuste fiscal profundo e inteligente. La lección de Alesina es clara: el éxito no reside en si se hace el ajuste, sino en cómo se hace.
Un plan de austeridad expansiva debe priorizar recortes estructurales de gasto público creíbles, que no solo cierren la brecha fiscal, sino que también envíen una señal contundente al mercado de que la era del financiamiento irresponsable ha terminado. Solo así, al restablecer la confianza y eliminar las distorsiones de precios, se podrá atraer la inversión necesaria para reactivar la capacidad productiva de la economía y mitigar el impacto sobre los sectores más vulnerables.