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De las gelatinas a las tijeras y brochas: Magaly da vida a su sueño

Martes, 29 de julio de 2025 a las 12:24

 

Magaly Gutiérrez Beltrán pasó de vender gelatina en los mercados a liderar dos salones de belleza con cinco ambientes especializados y un equipo de 40 personas

Daniela Revollo

 

En los pasillos de los mercados, entre gritos de comerciantes y compradores, una figura recorría las calles con una bandeja de gelatinas en mano. Magaly Gutiérrez Beltrán, junto a su esposo José Luis Tolaba, salía cada día bajo el intenso sol o el frío cortante, en busca de lo esencial: sobrevivir.

Magaly nos recibe con una sonrisa, es una mujer sencilla, no hay lujos ni ostentación en su forma de vestir y nos comparte muy emocionada los detalles de su historia.

Organiza a su personal con firmeza, pero con cariño, respetando a cada una de las chicas que hoy trabajan a su lado, mientras saluda a una clienta que entra con confianza al salón.

Nos cuenta que mientras caminaba vendiendo gelatinas, solía detenerse frente a los salones de belleza. Veía a las mujeres trabajando protegidas de las inclemencias, con uniformes limpios, rodeadas de espejos, peines y colores. 

“Algún día”, pensaba, mientras apretaba con fuerza su bandeja, con la esperanza de la llegada de mejores días.

Con el tiempo, Magaly se inscribió en un instituto de belleza. Pero su situación económica era complicada, por mes pagaba Bs 300 y la responsabilidad de madre la obligo a elegir. Tuvo que abandonar los estudios sin poder culminarlos. Aun así, no quiso que esa inversión —por más pequeña que fuera— se perdiera. Así fue como decidió tocar puertas y buscar trabajo en un salón.

Ahí, entre brochas y esmaltes, descubrió algo más que una habilidad: tenía talento. Comenzó a compartir su trabajo en Tik Tok sin imaginar lo que vendría: uno de sus videos se volvió viral. Su celular no paraba de sonar. Las clientas hacían fila para ser atendidas por esa mujer que, con humildad y precisión, transformaba rostros y uñas.

Su esposo, testigo de esa capacidad, la animó a dar un paso más: abrir su propio salón. Magaly dudaba. El miedo al fracaso pesaba más que la ilusión. Pero su compañero de vida no solo la alentó, sino que tomó una decisión radical: renunció a su trabajo fijo en una barbería para acompañarla en su sueño.

Un lunes salieron a buscar un local. El martes firmaron contrato. El miércoles anunciaron la apertura. Ya el sábado, tenían agendadas a 20 personas; llegaron 50. Aquel pequeño espacio escondido en La Ramada, de apenas 4x4 metros, fue testigo del nacimiento de un emprendimiento que cambiaría sus vidas. Las clientas esperaban incluso sentadas en el piso. Lo importante era ser atendidas por ella.

 

El inicio del sueño

Con una inversión inicial de Bs 15.000 y un corazón lleno de ganas, Magaly dio el primer paso. Hoy, ocho años después, tiene dos sucursales: una en La Ramada y otra en el mercado Santa Cruz. 

De trabajar ella con una amiga, ahora lidera un equipo de 40 personas altamente capacitadas. Ya no solo ofrecen maquillaje, peinados y uñas. Ahora brindan tratamientos capilares, spa, laminado de cejas y otros servicios de estética integral.

Su meta no es tener una cadena de salones, sino apostar por una sola infraestructura que cuente con todos los servicios de la mejor calidad y brindar la mayor comodidad a sus clientas, que son el motor de su negocio.

Con lágrimas, Magaly recuerda aquellos días difíciles, agradeciendo a su madre (Sabina Beltrán), quien cuidaba a su pequeño hijo mientras ella estudiaba y trabajaba. Y por supuesto, a su esposo, su “cómplice de lucha”, con quien alguna vez recorrió mercados vendiendo gelatina.

También dedica un agradecimiento especial a su equipo. “Estoy profundamente agradecida con cada una de las chicas que trabajan conmigo. Son parte esencial de este sueño. Le ponen amor, entrega y una fidelidad que no tiene precio”, asegura emocionada.

“A las personas que quieren emprender, les digo que trabajen con el corazón, sin hacer daño a nadie. Las cosas llegan cuando uno da lo mejor”, dice Magaly.

Así, entre tijeras, peines y brochas, ella sigue escribiendo su historia. Es una prueba de que incluso cuando se parte desde abajo, con trabajo se puede llegar tan alto como uno se atreva a soñar.

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