Por Daniela Revollo Entre vidrios y espejos, se encuentra el negocio de Primitiva Zapata. A simple vista, es una vidriería más. Pero al cruzar la puerta y ser atendidos con una sonrisa tímida y ver la agilidad al realizar el pedido solicitado, uno se da cuenta de que hay más que solo trabajo con vidrio. Primitiva nació en Cochabamba y se crio entre las montañas y los amaneceres del campo. Allí, lejos de la tecnología, de las pantallas y del ruido de la ciudad, estudio hasta el segundo curso de primaria. Recuerda que le iba bien con los números y que las letras nunca fueron su fuerte: “En dictado sacaba cero”, comenta. A las cuatro de la mañana comenzaban sus días. No había tiempo para juegos: junto a su padre, salía al campo a sembrar y cosechar o a pastorear ovejas. Su vida fue trabajo desde siempre. Santa Cruz la recibió siendo joven. Aquí formó una familia y se convirtió en madre de tres hijos: dos mujeres y un varón. Su pareja se dedicaba a la vidriería. Mientras él trabajaba, ella aprendía observando, ayudando, preguntando. Sin saberlo, se estaba preparando para el giro que daría su vida. Un día él se fue. Así, sin explicación ni despedida. Con miedo, pero con determinación, Primitiva decidió no rendirse. Tomó las riendas del negocio y lo convirtió en su sustento. Aprendió a cortar vidrio con precisión, a tratar con los clientes, a buscar materiales, a hacer rendir cada centavo. “Fue difícil, muchas veces me corté, fregué el material, ¿pero que iba a hacer?, tenía que seguir”, afirma. Sus hijos crecieron viéndola trabajar y también aprendieron el oficio. Hoy son parte fundamental del emprendimiento familiar. Aun así, confiesa que hay cosas que aún se le dificultan: hacer proformas, recibos o trámites administrativos. “Necesito la ayuda de mis hijos o nietos”, cuenta, sin dejar de lamentar no haber tenido la oportunidad de estudiar más. Antes de la pandemia, Primitiva había logrado tener dos sucursales, una en la zona del antiguo mercado Abasto y otra en la zona de la antigua Ramada, pero la crisis sanitaria la obligó a cerrar. Tuvieron que mudarse a su actual sucursal en la zona de la avenida Bolivia, donde cuenta con un taller bien equipado con máquinas de corte, pulidora, biseladora, horno de templado y el material necesario para crear desde: ventanas, espejos, puertas, hasta vitrinas, mesas de vidrio y objetos decorativos. “Fue como comenzar de cero, buscar nuevos clientes, fue difícil”, dice. Luego, la inflación, la subida del dólar y la escasez de materiales golpearon otra vez. Aun así, ella no se detuvo. Aprendió a adaptarse, a cotizar día por día, a buscar nuevas formas de mantener la calidad de su trabajo. Porque si algo tiene claro Primitiva, es que sus clientes vuelven por la calidad. “El cliente vuelve por el buen trabajo. Para mí lo principal es cuidar al cliente”, afirma con orgullo. Su trabajo es garantizado, ella insiste con sus clientes, en que si encuentran alguna falla pueden volver y si se les instalo mal algún trabajo, envía a uno de sus hijos o va ella en persona a revisar el desperfecto. En un rubro dominado por hombres, más de una vez han dudado de ella. “A veces me dicen: ‘¿y el maestro?’ esperando que salga un hombre. Pero ya les he demostrado que yo también puedo”, asegura con una sonrisa. Cuando le preguntamos por el secreto de su fuerza, responde sin dudar: “Mi padre me enseñó a trabajar. Por eso no me corro de nada”. La tierra, el esfuerzo y los años la hicieron resistente como el vidrio templado. A los jóvenes les deja un mensaje, casi como un ruego: “Estudien, lean, aprendan. Para que no sean como yo. A mí me sigue costando”. Y a quienes quieren emprender, les dice con convicción: “No tengan miedo. Anímense, al principio se puede fallar, pero con trabajo se puede”. Hoy Primitiva continúa al frente de su taller, demostrando que la experiencia, el trabajo constante y la honestidad pueden sostener un negocio incluso en tiempos difíciles y que incluso en los momentos más duros, las ganas de salir adelante pueden ser tan sólidas como el vidrio más resistente.