Se dio la vuelta. Lo miró a los ojos y le gritó: “¡Cuando sea grande no voy a oler como una vaca, porque tendré muchos perfumes de París!”. El silencio se apoderó de ese momento. Ese día, Jeanette estaba furiosa, porque -una vez más- ‘dispararon’ contra su naturaleza. Un muchacho la había visto pasar por la calle y le lanzó una ofensa, pero ella se “defendió” con su garra de tigresa rebelde. Eran varias las escenas que se pintaban a su alrededor, con ella como protagonista, donde las palabras rebotaban: “¡negra!”, “¡hedionda!”. Quería huir. No podía.
Jeanette Piérola nació en Cumbarurenda, una propiedad privada ‘anclada’ en la provincia Cordillera de Santa Cruz, a unos 20 km de Lagunillas y a unos 30 de Camiri. Era el 4 de noviembre de 1971 cuando su mamá, Griselda Tordoya, no pudo llegar a tiempo al centro sanitario y tuvo que parir en su casa. Ese lugar, flanqueado por caballos y vacas, con los árboles gigantes y el sol incesante se convertía en una postal perfecta de la felicidad. No, para Jeanette no era tanto así.
Esas pequeñas manos de una niña, de seis años, se enrojecían cuando usaban el azadón para sembrar el maíz, y sus pómulos sufrían los azotes del astro. Pronto, aprendió a ordeñar las vacas, atajar los terneros, conducir el tractor, cabalgar, hacer queso y preparar la tierra. Ella era la quinta de ocho hijos (solo un varón). Su padre, Juan Piérola los educó con mano dura. La leucemia abordó el cuerpo del hombre y en 2016 le arrebató el aliento.
Su aventura por el mundo
Siendo muy joven, Jeanette logró romper con el cascarón, viajó a Alemania y ahí se casó con el embajador, Andreas Zimmer. Tomó el apellido de su esposo y empezó la gran aventura por el mundo, vivió con él en el Cuerno de África. Estaban en Eritrea, un país azotado por el hambre, la pobreza y la guerra.
Ahí, ambos no podían pasar los 25 km de radio del centro de Asmara, la capital. Pero, el espíritu rebelde de Jeanette agitó su mente. Volvió a Bolivia y llenó cuatro maletas con semillas de quinua, coca, lechuga, soya, papa, girasol, chía, poroto, pepino, tomate, zapallo y otras variedades. Tuvo que pasar por España, Egipto y Turquía para regresar a Eritrea. Fue una gran hazaña.
Sembró quinua en África
Ya en Asmara, persiguió al presidente eritreo hasta que llegó a él. Le dieron unos minutos para conversar con el mandatario. Y, lo primero que hizo, fue desparramar las semillas sobre la mesa para que él viera la calidad. El hombre las observó, habló en idioma tigriña y avaló el proyecto agrícola de la boliviana. Gracias a eso, Jeanette llevó esperanza a las familias africanas. Depositó quinua en varias zonas y nadie conocía esta hierva nativa de los Andes. Después colocó soya en el desierto y siguió sembrando verduras y hortalizas en otras regiones. Muchas personas se beneficiaron con esta acción bondadosa de Jeanette que les obsequiaba las semillas.
Ahora regresa a Bolivia
Jeanette es una mujer que entiende varios idiomas (alemán, inglés, italiano, francés, español y árabe). Conoce alrededor de 60 países. Su rebeldía la sacó de su tierra y su visión la llevó por el mundo. Hoy, alista su propia organización mundial Wolf & Hirsch International Broker, junto a Claudio Matamoros, su amigo de toda la vida. Regresa a Bolivia con ganas de hacer cosas, así seguirá siendo el ‘ángel’ de miles de necesitados.