Por: Valeria Nazer de Parada. Coach de vida y familia / Facebook: Valeria Nazer - Instagram: naservaleria
Uno de los momentos más difíciles en la vida del ser humano es superar o sobrellevar la pérdida de un ser amado. Todos estamos preparados para ver nacer y recibir a quienes llegan a nuestra vida, sin embargo, cuando es al contrario y la persona en vez de llegar se va para siempre, es un reto casi insuperable. Así sea por una causa natural, accidente o una larga enfermedad, la muerte genera confusión, tristeza, impotencia, angustia y depresión.
Cada persona procesa su duelo de forma diferente, por lo tanto, no existe una única forma de transitar este periodo tan arduo, cada quien inventa sus propios mecanismos y no existe tampoco un medidor de dolor para ver quien está sufriendo más.
Existen investigaciones no concluyentes que aseveran que el paso del tiempo es un aliado para ir calmando el dolor, pero esto puede variar entre una y otra persona, dependiendo del apego, la proximidad y ante todo el amor profesado a ese ser querido. Lo que sí es cierto que las etapas del duelo no pueden ser aceleradas, cada una requiere de una estación emocional en nosotros, según Kubler-Ross, estas etapas son: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.
No hay recetas La fe sin duda es el principal sostén para el doliente, pues la esperanza del reencuentro eterno puede servir a veces de analgésico frente a este difícil reto. Se debe evitar aislarse, pues la contención de personas que sinceramente comprendan la terrible situación sostiene por momentos el corazón cansado de sufrir. Por lo tanto, hablar del tema, desahogarse y verbalizar los sentimientos es siempre una vía poderosa para transcurrir el proceso. Reunirse entre familia o amigos a recordar al ser querido, compartir anécdotas y elegir recuerdos bonitos es una práctica muy saludable, ya que generalmente por un buen tiempo lo único que acosa nuestros pensamientos es el momento de la partida. Intentar volver a la rutina lo más antes posible es necesario, aunque no mengua el dolor, al menos la persona no deja de ser funcional y tiene menos tiempo para quedar detenido y estancado en las etapas ya mencionadas. Cuidar de nuestra salud física y los hábitos básicos de alimentación, descanso, aseo y ejercicio, nos permiten al menos mantener nuestra dimensión fisiológica funcionando, pues al faltar una de estas, el desequilibrio corporal no aporta a las fuerzas emocionales que se requieren. Pasado el tiempo es importante resignificar la pérdida, es decir elegir con qué recuerdos decido quedarme de la persona que partió. Se puede escribir un libro de memorias, hacer un álbum de fotos, editar un video e incluso plantar un árbol y colocarle su nombre. Vivir un día a la vez intentando sentirnos cada vez más fortalecidos es un paso importante, llorar, hablar, escribir y honrar su legado es un reto diario. Llegará un día que la herida vaya sanando, recordemos sin dolor y abracemos la esperanza del encuentro eterno. Para esto alimentar nuestra fe y aferrarnos a las promesas del Creador son un ancla que nos devuelve una pizca de ilusión.