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Puro mujeres

Domingo, 21 de septiembre de 2025 a las 00:00

Por Redacción

Cecilia Lanza Lobo

 

Así se bautizaron: “Las warmi puraj”, que en quechua significa “puro mujeres”. Y el jueves pasado se presentaron todas juntas, 20 mujeres, que al modo de un particular desfile ingresaron una a una, con sus awayos, algunas uniformadas con chalecos, otras simplemente con polleras, sombreros y sus wawitas en brazos, al café Cowork en el parque Fidel Anze, en Cochabamba. “Fue una decisión en asamblea”. ¿Por qué, para qué?


Probablemente para repetir, ciertamente sin proponérselo, un infarto del alma.


Y es que hace un par de años, como lo hacíamos habitualmente en la revista de periodismo narrativo Rascacielos, convocamos a un concurso para que los lectores propusieran historias relativas al trabajo femenino en todo el país. Los casos seleccionados se llevarían 1.400 Bs. como reconocimiento al personaje de la historia propuesta. Alguien propuso, en Cochabamba, la historia de unas mujeres albañilas llamadas Warmi Puraj. La propuesta ganó y yo me largué hasta el cerro San Miguel, al sur de la laguna Alalay, donde este grupo de 11 mujeres vivía. Semanas después, el texto que surgió de ese encuentro comenzaba así:
“En breve sucederá un infarto del alma. Eso le ocurrirá a quien mire esta historia desde afuera, porque por dentro esos dolores se han vuelto callo y es mejor agarrar todos los retazos del cuerpo y hacer con ellos un gran mosaico con el que decorar, por ejemplo, el mesón de la cocina.


Gina Loayza, arquitecta que trabaja con mujeres de barrios jóvenes y precarios en Cochabamba, propuso contar esta historia con la clara intención de que, si salía seleccionada en un concurso, el dinero otorgado como incentivo sería para ellas, las Warmi Puraj. ‘En ese punto yo quiero aclarar’, interviene Emiliana Serrano y, como sucede cada vez que ella habla, todas callan y la escuchan. Está claro que ganaron el concurso, y ahora están reunidas en asamblea.


Mientras Emiliana se dirige a sus compañeras, sucede ese arrebato en el alma. Porque lo que dice es que esos 1.400 bolivianos que recibirán, lo usarán como capital de arranque para un préstamo que las ayude a seguir construyendo sus viviendas. 1.400 bolivianos: la mitad de un salario mínimo nacional, 26 bolsas de cemento, la décimo sexta parte del sueldo del Presidente del país, o el costo de una sola canasta familiar. Quiero decir: un dinero mínimo que en principio sería para una sola persona, en este caso alcanzará para alimentar el sueño de ¡11 mujeres y sus familias de cuatro, seis y ocho hijos! Mujeres trabajadoras en sus casas y en las calles donde buscan conseguir el pan del día, mujeres que hace tres años se capacitan en albañilería para construir en sus viviendas y con sus propias manos lo que haga falta. Aunque lo que hacen, en realidad, es otra cosa: reconstruyen sus propias vidas”.


Porque en ese encuentro al que asistí, estas albañilas hicieron una pausa, y sentadas en círculo sobre baldes dados la vuelta, relataron pedacitos de su vida. Y entonces, himno nacional, coro general: la violencia, el desamor, el machismo que sufren miles de mujeres en Bolivia, pero, al mismo tiempo, el inmenso coraje y su capacidad para reconstruirse. Y todo, a pesar de las batallas domésticas cotidianas y los malabares que todavía hacen para cumplir sus múltiples roles como madres, esposas, amas de casa y sostén económico del hogar, sí, sí, sí, sea en las calles como comerciantes, costureras, pasteleras, vendedoras ambulantes o mil oficios. Porque si “no hay trabajo” y los maridos estás desempleados, ellas nunca. A eso hay que añadir que las Warmi Puraj inventan tiempo al tiempo para capacitarse en albañilería y con retacitos de cerámica construir, por ejemplo, los mesones de sus cocinas, el piso de su patio, una pared, una puerta, una lavandería.


La historia de las Warmi Puraj está en el libro de crónicas Serendipia que presenté el jueves pasado en el pituco café Cowork de Cochabamba, al que “por decisión en asamblea”, decidieron asistir las 20 integrantes que ahora son. Ese fue, dicen, un reconocimiento a su vida misma para que la sociedad sea capaz de mirar allí donde casi nunca se mira. Evidentemente, las Warmi Puraj fueron así autoras de aquel segundo infarto del alma que tanta falta nos hace para sacudirnos de la coyuntura política, por lo general chicata.

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