Las recientes riadas del río Piraí han dejado muerte, dolor y zozobra en varios municipios cercanos a la capital cruceña. También han vuelto a poner en evidencia cuán vulnerables son estas poblaciones frente a turbiones y crecidas. Lo más preocupante es que estos desastres no pueden atribuirse únicamente a fenómenos climáticos como El Niño o La Niña. En buena medida, son consecuencia de la acción depredadora del hombre y de serias falencias en el manejo integral de la cuenca.
Uno de los factores más alarmantes es la pérdida sostenida de superficie boscosa en las riberas del río durante las últimas décadas. Un estudio de la Fundación Amigos de la Naturaleza revela que los municipios de Warnes, Montero y Santa Cruz de la Sierra han perdido más del 90% de su cobertura arbórea en la cuenca del Piraí. Les siguen La Guardia y Colpa Bélgica, con pérdidas superiores al 60%, y luego Porongo (45%) y El Torno (33%), que ya registran daños significativos.
Este deterioro responde a múltiples actividades: deforestación, extracción de áridos, habilitación de parcelas productivas y construcción de viviendas. Incluso se llegó a edificar un paseo público sobre el cordón de protección del río —el llamado “malecón”—, que tras la riada fue parcialmente arrasado y dejó al descubierto la fragilidad de intervenciones que ignoraron la dinámica natural del Piraí.
Los especialistas coinciden en que las áreas de protección ribereña, como el Cordón Ecológico del municipio capitalino, cumplen un rol clave para amortiguar los desbordes. No en vano también se las denomina áreas de inundación. Las características de la cuenca así lo exigen: el río desciende con enorme fuerza desde la cuenca alta, con un desnivel de más de 2.000 metros; su lecho y riberas son arenosos, por lo que la vegetación cumple una función de contención fundamental; y la constante sedimentación eleva el nivel del cauce, restando eficacia a los pocos diques existentes.
Si bien la riada reciente no puede explicarse únicamente por la pérdida de bosques, sí deja en evidencia profundas debilidades en la gestión de la cuenca del Piraí, especialmente en los municipios del área metropolitana. En todos ellos se repiten patrones preocupantes: expansión urbana sin planificación, asentamientos en zonas de riesgo y tolerancia política frente a los desmontes ilegales.
A ello se suma la ausencia de una verdadera gobernanza metropolitana y de coordinación intermunicipal. La planificación territorial debería asumirse con visión de cuenca, entendiendo que lo que se permite —o se omite— en un municipio puede tener consecuencias directas en los demás. La extracción de áridos es un ejemplo claro: puede generar efectos positivos o negativos según dónde y cómo se autorice.
La presión humana sobre las riberas avanza ante la inacción —y en algunos casos la presunta complicidad— de autoridades municipales, departamentales y nacionales. Todas las áreas de protección están expuestas a este riesgo si no se ejerce control efectivo.
Frente a este escenario, resulta imprescindible revertir la tendencia. Se requieren programas serios de recuperación de áreas boscosas, un control riguroso del uso del suelo y una apuesta decidida por la prevención, en lugar de reaccionar únicamente ante la emergencia.
Los riesgos son hoy mayores. El cambio climático es una realidad que intensifica los desastres, mientras el crecimiento urbano debilita las franjas de protección natural. Tomar en serio estos desafíos no es una opción, sino una obligación, si se quiere evitar que nuevas riadas —aún más destructivas— vuelvan a cobrarse vidas y a desnudar las mismas falencias de siempre.