En los últimos años, Bolivia ha logrado avances notables en materia de representación política de las mujeres. Gracias a la ley de cuotas y al esfuerzo de generaciones de mujeres que abrieron camino en la lucha por la igualdad, hoy contamos con un Parlamento donde las mujeres ocupan más de la mitad de los escaños. Este hecho, que hace apenas unas décadas parecía un sueño lejano, hoy es una realidad tangible que merece ser reconocida como un logro histórico.
Sin embargo, detenernos únicamente en la cifra sería un error. La presencia es un paso necesario, pero no suficiente. Mientras celebramos la paridad parlamentaria, no podemos ignorar que Bolivia sigue siendo uno de los países con los peores indicadores de violencia de género en la región. Cada día, mujeres y niñas enfrentan agresiones físicas, psicológicas y sexuales; y los feminicidios siguen marcando titulares con una frecuencia que indigna. Todavía existen barreras invisibles que impiden que las mujeres desarrollen su talento.
La presencia femenina en el Parlamento puede y debe convertirse en motor de políticas públicas innovadoras para niñas y niños, necesitamos una educación que, además de transmitir conocimientos, fomente el pensamiento crítico, la creatividad, el emprendimiento y la corresponsabilidad; programas que integren tecnología, arte y cultura para abrir horizontes a las nuevas generaciones; y espacios que promuevan la igualdad no solo como principio, sino como práctica diaria en la escuela, la familia y la comunidad. Así podremos formar generaciones de niñas y niños capaces de convivir en igualdad y de construir un país con más oportunidades para todos.
Este es un Parlamento histórico, las mujeres no solo ocupan más de la mitad de los escaños, sino que tienen en sus manos la posibilidad de marcar un rumbo distinto. Ya no hay espacio para quejas; ahora toca ejercer el poder de transformar vidas, especialmente las de millones de mujeres que aún sufren violencia, desigualdad y exclusión económica y social. La responsabilidad es enorme.
La democracia paritaria no puede reducirse a una cuestión numérica, requiere coherencia de quienes ocupan los cargos, trabajar con sensibilidad y compromiso, legislar para que las mujeres y los hombres tengan oportunidades Iguales. El desafío de nuestra generación es pasar de la presencia a la incidencia. Convertir la paridad en políticas efectivas, en vidas más seguras, en oportunidades más justas.
Que cada curul ocupado por una mujer sea también un espacio de dignidad y de esperanza. No solo presencia, pedimos incidencia.