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Navidad, un llamado a volver a lo esencial

Miércoles, 24 de diciembre de 2025 a las 06:03

La Navidad vuelve cada año como una pausa necesaria en medio del ruido, la urgencia y el estrés. No es solo una fecha marcada en el calendario ni una costumbre heredada; es una celebración de contenido profundamente religioso en un país donde una parte significativa de la población profesa la fe católica. Más allá de porcentajes, lo relevante es el sistema de valores que esa tradición propone y que debería orientar la conducta social.


“No robar”, “no mentir”, “no engañar” no tendrían que ser eslóganes de temporada ni virtudes raras, sino hábitos cotidianos. Y, sin embargo, en la vida pública y privada esas reglas elementales parecen haberse puesto en oferta. La trampa se normaliza, la mentira se premia, el abuso se disfraza de viveza. La Navidad incomoda porque recuerda que la decencia no es ingenuidad; es cimiento.


También es un tiempo de reconciliación. Bolivia llega a estas fiestas políticamente polarizada y socialmente fragmentada, con familias y amistades partidas por la sospecha y el resentimiento. El cambio de régimen político es un paso importante, pero no basta si no se reconstruye la confianza. La paz no nace de un decreto: se trabaja con paciencia, con verdad, con justicia y con diálogo sostenido.


Por eso, si algo se le puede pedir y desear al presidente Rodrigo Paz es que nunca deje de escuchar al ciudadano, sobre todo al que piensa distinto. Gobernar no es hablar más fuerte; es comprender mejor. La grandeza de un gobernante se mide cuando evita el aplauso fácil, cuando no convierte al adversario en enemigo y cuando pone por delante el bien del país, por encima de la efímera vanidad de una gestión.


La Navidad, además, es familia. No en vano, en Bolivia y en el mundo, millones de personas cruzan mares y océanos, recorren miles de kilómetros y vencen distancias para reunirse con los suyos. Hay travesías que se hacen con maletas y otras que se hacen con coraje: pedir perdón, perdonar, volver a mirar a los ojos, abrazar sin cuentas pendientes. Esas lágrimas y ese amor son únicos.


Que esta Navidad sea algo más que un ritual. Que venga un tiempo de paz. Que reinen la tolerancia, el amor y el respeto. Y que abunden bendiciones sobre los millones de bolivianos en el territorio nacional y más allá de las fronteras, donde también late la patria.


En el plano religioso, la Navidad recuerda que la fe no es un adorno, sino una brújula moral. Creer -para quien cree- implica consecuencias: respetar la vida, honrar la palabra, pagar lo justo, no aprovecharse del débil. Una sociedad no se sostiene solo con normas; necesita convicciones. Cuando “no robar” se vuelve consejo y no mandato interior, el país paga el precio en corrupción, miedo y cinismo.


La reconciliación tampoco es olvido. No se trata de barrer el pasado debajo de la alfombra, sino de discutirlo sin odio, de reconocer errores sin convertirlos en arma eterna. Dialogar no es claudicar: es desactivar la violencia que empieza en el lenguaje y termina en la calle. Y escuchar no significa dar la razón, sino dar dignidad al otro, incluso cuando no hay acuerdo.


En la mesa familiar, por último, se aprende lo que luego se reclama en la plaza pública: respeto, límites, solidaridad. Allí se forman ciudadanos. Por eso duele tanto la separación: el hijo que trabaja lejos, la madre que espera una llamada, el abuelo que guarda una silla vacía. La Navidad no borra esas ausencias, pero puede volverlas promesa: “el próximo año”, “esta vez sí”, “aquí seguimos”.


Que el Niño que nace -símbolo de humildad- nos encuentre menos duros, más honestos y capaces de cuidarnos entre todos siempre.
 

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