La designación del Dr. Freddy A. Vidovic Falch como Ministro de Cultura, Descolonización y Despatriarcalización —en condición interina— ha reabierto un debate indispensable: ¿existe un verdadero proyecto cultural en Bolivia o seguimos administrando la cultura como si fuera una oficina de trámite menor dentro del Estado?
El nombramiento de un ministro de perfil eminentemente jurídico para dirigir una cartera cuya naturaleza es profundamente simbólica, creativa y comunitaria deja ver una verdad incómoda: la cultura sigue sin ocupar un lugar estratégico en la visión gubernamental. Importa menos quién es nombrado y más lo que revela su nombramiento: el Estado continúa interpretando el ámbito cultural como un espacio de administración, no de transformación.
Un jurista donde hace falta un culturalista
No es un reproche biográfico, sino una crítica estructural. La cultura boliviana —diversa, conflictiva, viva— exige autoridades que conozcan sus dinámicas, que comprendan su tejido complejo, que sepan dialogar con artistas, gestores, pueblos indígenas, colectivos urbanos y redes intelectuales.
Nombrar a un jurista puede ser un intento de ordenar la institución, pero revela un vacío mayor: el Estado no termina de entender qué es la cultura ni lo que está en juego cuando se la reduce a gestión burocrática.
La pregunta es inevitable: ¿se puede dirigir la política cultural sin haber transitado por la experiencia cultural? ¿Puede alguien comprender la urgencia simbólica de un país plurinacional solo desde el derecho?
Un sector cansado de la improvisación
Las organizaciones culturales del país —desde los pueblos originarios hasta los artistas contemporáneos— han vivido demasiados ciclos de improvisación, cambios abruptos de autoridades, desfinanciamiento crónico y escasa continuidad institucional.
El problema no es este ministro en particular: es un patrón histórico que se repite con cada gobierno.
Bolivia ha tratado la cultura como un adorno: algo que se exhibe en efemérides, que sirve para discursos oficiales o ceremonias, pero no como una política pública central. El resultado es un sector creativo precarizado, instituciones debilitadas y comunidades culturales que sobreviven más por resistencia que por apoyo estatal.
Cultura: un asunto filosófico, no solo administrativo
Lo más preocupante es que este vacío de visión cultural no se resuelve con eficiencia jurídica. Para entender la dimensión de la cultura como fundamento del Estado, se requiere una mirada profunda, filosófica y política.
Clifford Geertz recordaba que la cultura es “el entramado de significados” que hace posible la vida social. Antonio Gramsci advertía que toda hegemonía se disputa en el terreno cultural. Hannah Arendt sostenía que la permanencia de lo común depende de nuestras obras y palabras, es decir, de nuestra creación cultural.
Sin esta comprensión, el Ministerio se convierte en una oficina de eventos, no en una institución que piensa y protege el sentido mismo del país.
Descolonización y despatriarcalización en riesgo de vaciamiento
El Ministerio no solo maneja cultura: también gestiona las agendas de descolonización y despatriarcalización. Ambas requieren sensibilidad histórica, escucha política y capacidad de diálogo con pueblos y movimientos sociales que han luchado durante décadas por transformar estructuras de opresión.
Sin una comprensión profunda de estas agendas, existe un peligro claro: que sean reducidas a retórica, a enunciados burocráticos o a simples actividades protocolares sin impacto real.
Bolivia no puede permitirse ese retroceso.
¿Oportunidad o continuidad del estancamiento?
La llegada de Freddy Vidovic Falch podría ser una oportunidad si el ministro entiende que su desafío principal no es legalizar procesos ni ordenar expedientes, sino devolverle a la cultura su centralidad en la vida del Estado. Pero eso implica reconocer una deuda histórica y un cambio de perspectiva que, hasta ahora, ningún gobierno ha logrado sostener.
Si el nuevo ministro no asume esta tarea con profundidad y valentía, seguiremos en lo mismo: instituciones débiles, artistas abandonados, patrimonios en riesgo, agendas sociales debilitadas y una cultura que avanza gracias al esfuerzo individual, no al compromiso estatal.
Reflexión final
La cultura en Bolivia está cansada de ser tratada como un trámite. Quienes trabajamos con ideas, símbolos, palabras y memorias sabemos que un país no se sostiene solo con leyes: se sostiene con sentido.
Cuando una nación pierde su horizonte cultural, pierde también su capacidad de imaginarse a sí misma.
Mi preocupación no es el perfil del ministro, sino la fragilidad de la visión política que lo respalda. Necesitamos instituciones que comprendan la cultura como la raíz de toda ciudadanía, no como su ornamento.
La pregunta que nos queda es simple y urgente: ¿Estará el país dispuesto a tomarse la cultura en serio, o seguiremos administrándola como si fuera prescindible?
La respuesta determinará no solo el rumbo de este ministerio, sino el futuro cultural —y espiritual— de Bolivia.