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El voto del mercado Abasto

Jueves, 07 de agosto de 2025 a las 00:06

En la burbuja de aire condensado que es el mercado Abasto, hay circulación de público, multipluri, dirían los masistas. Este fin de semana fuimos con mi esposa a hacer algunas compras. Asombra la diversidad, no solo de gente, sino de productos, a disposición de los clientes potenciales. Entre el bullicio, que no cesa, se distinguen las vendedoras de refrescos (“jugo supervitaminado de quinua con avena, manzana y mocochinchi”, dice uno sus letreros), que van ofreciendo su producto a voz en cuello o como aquellas que sin altavoz vociferan: “¡tomate a tres por cinco, pregunte nomás caserita, qué desea”, o “walele a 10 pesos la docena, naranjas 25 x 10”, y así...

El caso es que, mientras las señoras (y mi esposa) recorrían el mercado en busca de zanahorias, repollos o lechugas, apretando en sus manos los pocos pesos que parecían encogerse ante el costo de vida, yo aprovechaba para hacer un michi sondeo de opinión entre este abigarrado segmento público que constituye parte del 85% del país en materia de empleo.
“Por quién vas a votar, caserita”, les preguntaba. “Ay, no sé sinceramente, todos son unos rateros”, me contestaban, “por el Evo estaba bien, pero dicen que no va a candidatear…” “Pero casera, cómo vas a decir eso si la crisis la debemos al Evo y a todos como él, ¿no ves televisión?” “Ay caserito, cómo pues ‘voyver’ televisión, si me levanto a las 4 de la mañana y tengo que trabajar todo el día, no tengo tiempo para eso…” Y esa fue la gran mayoría de las respuestas…

Mientras tanto los carretilleros circulaban golpeando canillas y bolsas por delante. “¡Permiso, permiso!”, pero en el Abasto empujarse no amerita disculpas…

Cuando voy con mi esposa al mercado, soy un “corredor de bolsa”; es decir, que tengo que llevar las bolsas de compras de mi consorte y caminar detrás de ella con mi carga a cuestas. Llega un momento en que el peso es tal, que tengo que hacer patente mi sufrimiento para que mi media naranja se digne llamar a un carretillero y cargue con 25 naranjas, otro tanto de mandarinas, una docena de waleles, yuca, papa y miles de especies de verduras y hortalizas. Aprovecho entonces para hablar también con el carretillero lanzándole a quemarropa mi pregunta, “por quién vas a votar”, y ya no debería sorprenderme su respuesta, porque incluye a Andrónico, el segundón del cocalero, pero me deja preocupado y al mismo tiempo turulato al darme cuenta de que los políticos seguramente olvidaron a este importante segmento poblacional en sus campañas. 

Me pregunto, ¿faltando tan poco para las elecciones, se podrá todavía alcanzar a estos ciudadanos que parecen haber sido excluidos por todos los candidatos? Y no es un segmento poblacional despreciable, están en todo el país.

Por otra parte, no constituyen un grupo poblacional fácil de convencer ni de alcanzar. Su forma de vida es difícil, como es su lenguaje y su visión del país. Si se levantan a las 4 de la mañana y se acuestan a la medianoche, ¿dónde se los alcanzaría? En su trabajo, obviamente, y eso también plantea adoptar estrategias adecuadas para poder llegar a ellos, no solo para alcanzarles, sino para hablar su lenguaje y reflejar su forma de vida. 

Pero, pienso, si tan lejos como en tiempos de Aristóteles, este ya concebía la política como la búsqueda del bien común y la vida en comunidad, lo que implica aspectos emocionales y morales, ¿cómo llegar a este difícil segmento poblacional boliviano que está en todo el país con un mensaje convincente?
 

“¡Oye, camina!”, me saca de mis elucubraciones la voz de mi esposa, que terminó (felizmente) sus compras. Voy detrás del carretillero, todavía pensando en el tema… como si yo fuera candidato. ¡Ah, no! Suspiro profundo y camino apresurado, al darme cuenta de que ni siquiera soy político.
 

* Franklin E. Alcaraz Del C., médico, investigador, cientista, escritor, ensayista y columnista

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