Hernán Terrazas E.
No es extraño. En realidad, las dictaduras terminan siempre en medio de escándalos y sus protagonistas principales en el “cadalso” público. Quién iba a decir que Evo Morales iba a terminar su historia política con una orden de aprehensión en su contra por el delito de abuso de una menor y que su heredero, Luis Arce Catacora, iba a dejar el gobierno y la política para siempre perseguido por el fantasma de dos hijos conocidos por sus presuntas “fechorías” y de un hijo desconocido por el padre.
No es solo el triste final de dos personajes que gobernaron Bolivia nada menos que los últimos 18 años, sino el de un proyecto político que, supuestamente, llegó para transformar las estructuras del país y que terminó destruyéndolas, con el estrépito que provoca, al final, el sonido de una economía hecha pedazos.
Por muchas razones, terminó una gran farsa, la escenografía construida sobre la prosperidad coyuntural de ingresos inéditos del gas. La fiesta duró mientras duró la plata y ahora solo queda la resaca compartida por millones de bolivianos nuevamente defraudados.
Con el MAS, se esfuma también, acaso injustamente, la ilusión de igualdad y solidaridad asociada con los proyectos de “izquierda”. Los gobiernos de Morales y Arce en realidad no respondieron a una ideología o un modelo económico determinado,
independientemente de los puños levantados, de las consignas y de la iconografía revolucionaria que decoró los actos públicos. En muchos sentidos, se trató de una “estafa”, de vender un producto inexistente a un país necesitado de cambios.
Ahora no solo hay que reconstruir las instituciones, recuperar la estabilidad y reactivar, una vez más y a duras penas, la economía, sino de insuflar nueva fuerza y sentido al alicaído ánimo nacional, porque los fracasos de un gobierno, la decadencia de los liderazgos se refleja también en el malestar acumulado de las sociedades.
Los resultados de las elecciones del pasado 17 de agosto revelan precisamente eso: la difícil transición entre la ilusión destruida y la creación de una visión diferente. Nadie ganó por amplio margen luego de años en que los ganadores conseguían mayorías aplastantes. El péndulo, además, no viajó en la dirección opuesta, sino que se detuvo en un previsible “centro” de reflexión, de reconsideración de las opciones desde la unidad.
No es un problema pragmático, de enfoque meramente económico –aunque algunos pongan el énfasis en ello–, sino un proceso que tomará tiempo. El pesimismo no se cura solo con billetes, aunque buena falta hace, ni con el tanque lleno del combustible faltante, sino con nuevas y poderosas razones que tracen el camino por transitar, con acuerdos básicos, lejos de los extremismos, del desprecio por el otro, del sectarismo, la discriminación y la revancha.
Es tiempo de descolgar un par de retratos en la “galería” de los supuestos “héroes”, de abrir las ventanas y dejar que un viento nuevo se lleve los aires del autoritarismo, de los acosos, los abusos, la soberbia y la maldad. El otoño les llegó a los patriarcas.