Se acaba septiembre y otra vez los tajibos nos regalan su espectáculo: coronas blancas que pintan de esperanza las avenidas cruceñas. Naturaleza pródiga que, al margen de la tierra fecunda, deja paisajes capaces de llenar los ojos de propios y extraños. No fue casual que estos árboles ocuparan un lugar privilegiado en la trama urbana: detrás hubo una mente brillante que quiso darle a la ciudad identidad y vegetación. Ese fue el aporte de Noel Kempff Mercado, naturalista adelantado a su tiempo, sembrador de belleza y conciencia, que vinculó la ciencia con la vida cotidiana y convirtió al tajibo en símbolo de Santa Cruz.
Su vida estuvo marcada por la pasión científica y la defensa de la naturaleza. Investigó sin descanso las riquezas de la serranía de Huanchaca, reserva que después llevaría su nombre y que hoy es un patrimonio regional y universal inscrito por la Unesco. Allí promovió la protección de ecosistemas únicos y de especies que resisten todavía a la embestida de intereses depredadores: narcotraficantes, avasalladores y un modelo productivo que suele privilegiar el lucro inmediato sobre la sostenibilidad. Su legado no se mide solo en artículos científicos o expediciones memorables, sino en la huella indeleble que dejó en el pensamiento ambiental de Bolivia y en la conciencia de que la tierra, sin cuidado, se agota y muere.
Pero su vida fue cortada de manera injusta y brutal. En septiembre de 1986, Kempff y sus compañeros fueron sorprendidos en la meseta de Huanchaca por sicarios vinculados al narcotráfico. La emboscada acabó con sus días, pero también sacudió los cimientos más profundos de la sociedad cruceña. Aquella tragedia dejó en claro que el crimen organizado ya operaba con fuerza en nuestro territorio y que su poder de corrupción y violencia podía silenciar incluso a quienes dedicaban su vida al conocimiento. La muerte de Noel Kempff Mercado fue un despertar amargo. Nos recordó que el narcotráfico no es una amenaza lejana, sino un enemigo que se infiltra en los bosques, en las instituciones y en la cotidianidad de la gente.
Han pasado casi cuatro décadas desde entonces y la historia parece repetirse. Los hechos delictivos recientes -la impunidad en el caso Las Londras, las redes de Yasser “Coco” Vásquez con crímenes atribuidos a sicarios, la penetración de clanes extranjeros en Santa Cruz y Beni, y los intentos de silenciar fiscales y jueces- muestran que el narcotráfico y el crimen organizado continúan avanzando. Se multiplican los asesinatos por encargo, los laboratorios descubiertos en áreas rurales y los vínculos de uniformados y autoridades con mafias que operan sin freno. Todo ello confirma que la amenaza que se cobró la vida de Kempff sigue presente y que la sociedad no puede resignarse a la inercia de la impunidad.
Estamos en tiempos de cambios políticos. La campaña electoral multiplica propuestas, muchas de ellas irreales y poco serias, mientras la guerra sucia nubla el debate de fondo. En medio del ruido y la confrontación, la ciudadanía debe detenerse a reflexionar. Preservar los valores, la integridad y la memoria de quienes entregaron su vida por el bien común es una tarea ineludible. Bolivia necesita líderes capaces de enfrentar al crimen organizado con valentía, pero también ciudadanos que no se dejen seducir por la indiferencia o el miedo. Que la figura de Noel Kempff Mercado no quede solo en un recuerdo nostálgico, sino en una inspiración viva para defender la naturaleza, enfrentar al narcotráfico y afirmar el compromiso con una sociedad libre, justa y digna.