Estamos viviendo en tiempos del metaverso, ese mundo digital donde interactuamos y donde nos sumergimos, invadimos y nos dejamos invadir más allá de la interacción el mundo real, porque también se ha convertido en el lugar donde se construye la sociedad palpable en la que vivimos. Es ese universo de likes, de haters, de pensamiento colectivo que convive con espacios de reflexión y de aprendizaje. Sin embargo, es un espacio sin reglas, donde todo vale y donde muchísimas veces se descargan las frustraciones, los odios y también las alegrías.
En la sociedad actual es casi imprescindible tener cuentas en las redes sociales, porque estas hacen que lo que hacemos sea exponencialmente más visible lo que somos y lo que hacemos. Es así que millones de personas promocionan productos y servicios, dan a conocer ideas y pensamientos, desarrollan todo tipo de cursos. Entonces, partimos de la idea de que las redes no son malas o buenas per sé, sino que su cualidad depende del uso que les demos.
Las redes también nos acercan a las vidas ajenas, generalmente de personajes famosos, sean artistas, influencers, políticos, etc.; es decir, aquellos individuos a los que admiramos u odiamos, de quienes de otra manera no podríamos opinar sobre su vida como si fueran el vecino de al lado. Es más, con frecuencia estamos más al tanto de la vida de estos personajes que de quienes están cerca, en el entorno real.
Sin embargo, en esta interacción que se da en el mundo virtual no estamos solos, porque es un espacio donde hay otros invasores: los bots, los trolls y otros indeseables que son una industria en la que se busca torcer la percepción social a favor de unos y en contra de otros. Por ejemplo, ahí es donde campean las noticias falsas, la posverdad, la realidad sesgada acorde a intereses subterráneos que son los que van moldeando la realidad. Basta ver los estudios realizados en procesos electorales, donde las redes sociales fueron utilizadas para forzar resultados electorales, como ha ocurrido en varios procesos a escala mundial.
Desde mi punto de vista, el peligro es que las redes sociales van creando burbujas sociales que muchas veces tienen un abismo de distancia con la realidad que viven las familias en el día a día. Los políticos gustan de hacer videos que se hacen virales y que esconden el desconocimiento que tienen los candidatos a la Presidencia que, en realidad, desconocen la pobreza de quienes no tienen dinero para alimentarse en la vida cotidiana.
Otro peligro es que, sumergidos en este metaverso, se olvidan los valores y los principios individuales para tomar la corriente colectiva de pensamientos (que no son propios) y que se van alimentando en las publicaciones que vemos y que compartimos de manera impulsiva o en las que hacemos comentarios hirientes y ofensivos sin siquiera pensar si aportan o destruyen, si generan empatía o dañan a quienes son los receptores de los mismos.
La crisis económica que vive Bolivia es caldo de cultivo para este fenómeno que no hace más que alimentar la angustia social. Es como una cadena de ideas y pensamientos que va tomando fuerza sin saber dónde puede desembocar. Probablemente las redes sociales se convierten en un espacio de evasión inconsciente de la realidad.
Lo que nadie debe ignorar es que eso que plasmamos en este espacio va construyendo el mundo presente y futuro en el que vivimos. ¿Somos conscientes de esto? Me atrevo a creer que la mayoría no lo es. Que cuando reaccionamos a un post y alimentamos la bronca, el desprecio, el insulto vamos creando brechas abismales de ignorancia y de destrucción. Eso que hacemos a título personal se replica y va creando el espacio social en el que nos movemos.
También me atrevo a asegurar que todos, absolutamente todos, anhelamos vivir en un mundo mejor. Entonces, ¿por qué no lo vamos construyendo deliberadamente con empatía, con compasión y con ilusión? Y aquí recurro a la frase de la pensadora Ana Cristina Flor: “Cuando nos preocupamos por el futuro, la respuesta no está afuera, está adentro. ¿En qué futuro quiero vivir? El mío, interior y exterior, ese es el que puedo labrar. ¿Qué hacemos para lograr el mejor futuro que queremos?”.
La reflexión es válida para este momento, porque es en el aquí y ahora que podemos hacer la diferencia. No hacerlo nos convierte en presa fácil de ideas colectivas que fabrican otros poderes por nosotros y que van moldeando un mundo desordenado y caótico con el fin de que nadie crea en nada ni en nadie, en el que todos nos miremos con desconfianza y que se vuelva a la lógica de la ley del más fuerte, de los codazos para prevalecer y de la carrera frenética a quién sabe dónde.
Dejo estas reflexiones porque me parece que es urgente hacerlas. Detenerse para darse cuenta es casi una obligación para mirar la luz y no seguir cayendo en el abismo de la nada.