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¿Cuánto nos importa la ciudad?

Domingo, 14 de diciembre de 2025 a las 04:00

La ciudad cruceña, la más grande y poblada del país, esa que durante años fue sinónimo de pujanza, dinamismo y orgullo regional, atraviesa hoy un estado de descuido y deterioro que resulta imposible de ocultar. Basta recorrerla para constatar una realidad que duele: calles y avenidas en mal estado e invadidas por basura acumulada y maleza crecida, aceras rotas, parques convertidos en sombras de lo que alguna vez fueron espacios de convivencia, y un ambiente urbano que ofrece la sensación del ‘no me importa’ por quienes deberían cuidarlo y defenderlo. Santa Cruz, aquella ciudad que creció soñando en grande, parece haberse extraviado en su propio desorden.


La suciedad se ha vuelto protagonista principal de la vida cotidiana. Bolsas rasgadas, montículos de residuos que pasan días sin ser recogidos y canales convertidos en vertederos improvisados de desperdicios, componen un paisaje que no solo degrada la imagen urbana, sino que también amenaza la salud pública. Esto no es producto de un único culpable, sino de un sistema donde la falta de planificación, la ineficiencia funcionaria e institucional y la irresponsabilidad ciudadana se combinan para producir un deterioro que avanza sin pausa.


Los parques y plazas, antaño orgullo y preocupación barrial, viven hoy un deterioro silencioso pero gradual. Juegos infantiles rotos u oxidados, áreas verdes marchitas por falta de mantenimiento y luminarias inservibles convierten estos espacios -diseñados para ser puntos de encuentro y recreación- en territorios poco atractivos e incluso inseguros. La ciudad perdió la costumbre de cuidar sus propios pulmones verdes, y las autoridades dejaron de verlos como prioridad.


A esto se suma el caos vehicular que domina las calles y avenidas cruceñas. La circulación de motorizados parece responder más a la ley del sálvese quien pueda que a una normativa clara. Desorden, bocinazos, embotellamientos insufribles y una falta de educación vial que se evidencia a cada minuto, conforman un clima citadino estresante. A ello se añade un sistema de transporte público obsoleto, desarticulado y deficiente, incapaz de ofrecer alternativas dignas a los usuarios. La ciudad creció, pero su movilidad urbana quedó anclada en el tiempo.


En este escenario, la sensación de inseguridad ciudadana termina de completar el cuadro. Robos frecuentes, zonas oscuras, patrullajes insuficientes y un sistema de denuncias que muchas veces no responde con eficacia han generado un clima de desconfianza creciente. Los ciudadanos sienten que están librados a su suerte, mientras las autoridades parecen más concentradas en discursos y campañas electorales que en soluciones tangibles.


Pero quizás el aspecto más preocupante sea la actitud casi generalizada de indiferencia. La falta de compromiso de gruesos sectores de la población, que ha normalizado la basura, el desorden y la infracción constante, refleja una crisis más profunda: la referida a la corresponsabilidad ciudadana. Santa Cruz no solo necesita mejores autoridades e instituciones; necesita una ciudadanía que entienda que la ciudad es también un reflejo de quienes la habitan.


No se trata únicamente de exigir; se trata también de asumir. De dejar de esperar que otros resuelvan lo que cada uno contribuye a empeorar. De comprender que el espacio público es también nuestra casa y que su deterioro nos afecta a todos.


Santa Cruz aún tiene la fuerza y el espíritu para recuperarse. Pero nada cambiará mientras sigamos mirando hacia otro lado. La ciudad pide a gritos autoridades e instituciones idóneas, planificación, orden y, sobre todo, compromiso. Cuidarla, ‘sufrirla’ un poco, no es un gesto político: es una responsabilidad moral con el lugar que nos acoge y que merece mucho más que este abandono silencioso y deplorable.
 

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