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El cielo de Musk, lejos de cerrar la brecha digital de Bolivia

Viernes, 13 de febrero de 2026 a las 04:00

La modernidad en Bolivia siempre ha tenido un aroma a importación costosa y a promesas que se desvanecen en la primera tormenta altiplánica. En febrero de 2026, el despliegue oficial de Starlink en territorio nacional se ha presentado como la panacea para una nación que arrastra décadas de retraso tecnológico y una brecha digital que parece un abismo insalvable. Bajo la administración de Rodrigo Paz, la retórica oficialista ha intentado vender la llegada de SpaceX como un acto de democratización, una herramienta de liberación para esa “Bolivia profunda” que nunca recibió una señal estable de la estatal Entel.

Sin embargo, el análisis técnico y económico sugiere una realidad mucho más cínica. Lo que se presenta como una autopista hacia el futuro es un puente de plata construido sobre una economía que se desangra por la falta de divisas y un salario real que palidece ante las tarifas de órbita baja. El entusiasmo inicial, alimentado por velocidades de descarga de hasta 310 Mb/s, oculta una estructura de costos insultante para la realidad del país. Mientras el Gobierno lanza el Bono PEPE para mitigar el impacto de la eliminación de subvenciones, el acceso a este internet exige una inversión que equivale a meses de trabajo para el ciudadano promedio.

El primer gran choque ocurre al abrir la página oficial para hacer el pedido. En un país donde el Salario Mínimo Nacional para 2026 se ha fijado en Bs 3.300, la adquisición de un kit de Starlink se percibe como una transacción de lujo. No existe una tarifa que se ajuste al poder adquisitivo local; lo que hay es una conversión de precios internacionales que ignora la erosión de la moneda nacional frente al mercado paralelo de divisas. La inversión inicial —equipo y envío— totaliza Bs 3.050. Para un trabajador de base, la antena consume el 92,4% de su ingreso mensual, sin contar el servicio mensual que oscila entre Bs 460 y Bs 610. La paradoja es sangrienta: se necesitarían cuatro Bonos PEPE íntegros solo para cubrir una mensualidad estándar.

No se puede hablar de Starlink sin mencionar el cadáver insepulto de la soberanía tecnológica: el satélite Túpac Katari. Lanzado en 2013 con una inversión de 302 millones de dólares, el proyecto prometía conectar cada rincón del país. Hoy, a solo cuatro años de que se agote su vida útil, la Agencia Boliviana Espacial admite que todavía se deben 50 millones de dólares del crédito original. El contraste técnico es una humillación: la latencia de 600 milisegundos del Túpac Katari frente a los 20 milisegundos de la constelación de Musk. El mercado ha dictado sentencia: el satélite chino fue una inversión en el pasado para un país que necesitaba soluciones de futuro. La llegada de SpaceX es la admisión implícita de que el Estado boliviano fracasó en su intento de ser un proveedor tecnológico eficiente.

A esto se suma el desafío energético y los costos invisibles. En las zonas realmente desconectadas, donde no llega la red de ENDE, la antena es un objeto inerte sin un sistema de energía solar. Si sumamos el hardware, el router —que ya no viene incluido en modelos recientes— y la instalación fotovoltaica, la inversión total en el “monte” supera los Bs 8.000. Es decir, casi tres salarios mínimos antes de transmitir el primer bit. La “falsa ilusión” de conectividad barata se estrella contra las finanzas domésticas de la Bolivia rural.

El contexto macroeconómico es de una fragilidad extrema. Con una cotización del dólar paralelo que duplica la tasa oficial, cada dólar que sale del país es una gota de sangre financiera. A diferencia de las cooperativas locales, Starlink no reinvierte sus utilidades en infraestructura física nacional; no construye torres ni genera empleos directos masivos. Es un modelo de extracción de capital que se aprovecha de la desesperación por conectividad.

La brecha digital no se cierra con satélites; se cierra con educación, acceso económico y soberanía. Starlink es un parche de altísimo rendimiento, pero también un mecanismo de segregación. El Gobierno de Rodrigo Paz ha optado por el camino corto: es más fácil firmar un decreto para una empresa extranjera que invertir en una red nacional de fibra óptica. Es la política del “llave en mano”: una solución que brilla, pero que no nos pertenece.

Bolivia camina sobre un suelo económico que se hunde mientras posee el internet más rápido de su historia flotando sobre sus cabezas. El Túpac Katari se apaga como recordatorio de ambiciones fallidas, mientras las antenas blancas de SpaceX se multiplican en los techos de quienes pueden pagar el precio del futuro. La tecnología que no es accesible no es progreso, es decoración elitista.

(*) El autor es abogado, docente universitario, especialista en informática forense y consultor político internacional. 

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