El Carnaval cruceño 2026 se abre paso como una promesa luminosa en el calendario y en el ánimo colectivo de Santa Cruz. Bajo el regio reinado de Camila I, la llamada ‘fiesta grande’ de los cruceños vuelve a recordarnos que el Carnaval no es solo un desfile de comparsas y música, sino un espejo de lo que somos como sociedad con nuestra alegría, nuestra hospitalidad, pero también con nuestra responsabilidad compartida.
El Corso carnavalero en el Cambódromo marcó, como cada año y ante un marco multitudinario de público, el inicio de días más intensos de encuentro, algazara y mojazón en las calles, plazas y barrios de la ciudad. Son jornadas esperadas, casi sagradas, que invitan a la distensión, al juego y al desborde creativo. Sin embargo, junto con la emoción, surge una pregunta necesaria sobre ¿qué tipo de fiesta queremos vivir y dejar como legado? La respuesta no debería ser complicada. Queremos un Carnaval que se recuerde por su brillo, no por sus sombras; por la convivencia pacífica, no por los titulares lamentables.
Históricamente, los excesos -en especial el consumo desmedido de bebidas alcohólicas- han sido el talón de Aquiles de estas celebraciones. Accidentes de tránsito, agresiones, atentados contra el ornato público por el uso de tintas y pinturas, peleas innecesarias y tragedias evitables han empañado, en más de una ocasión, lo que debía ser un tiempo de festejo, relajamiento y felicidad. No se trata de moralizar la fiesta ni de apagar su chispa, sino de entender que la verdadera alegría no necesita del riesgo ni de la violencia para existir.
El Carnaval cruceño tiene una identidad profundamente participativa y familiar. En barrios, calles y plazas se mezclan generaciones enteras, desde niños con globos de agua hasta adultos que reviven tradiciones heredadas. Cuidar ese espacio común es un acto de amor por la ciudad y por quienes la habitan. Celebrar con mesura, respetar a quienes no participan del jolgorio, acatar las normas de tránsito y rechazar cualquier forma de agresión son gestos simples que, sumados, pueden incluso salvar vidas.
El reinado de Camila I simboliza belleza, elegancia, juventud y renovación. Su esbelta figura simboliza también un llamado a un Carnaval más consciente, donde el orgullo cruceño se exprese no solo en comparsas como protagonistas de la ‘fiesta grande’, sino en el comportamiento cívico de su gente. La festividad más esperada y participativa del oriente boliviano puede y debe ser un ejemplo de cómo se puede gozar disfrutar intensamente sin cruzar la línea del peligro.
Las autoridades tienen, sin duda, un rol clave en la prevención y el control, pero el éxito de un Carnaval sano no depende únicamente de operativos y sanciones. Depende, sobre todo, de la decisión individual y colectiva de cuidarnos entre todos. De entender que la mojazón es juego y no agresión; que la música es encuentro y no excusa para la violencia; que el alcohol, si está presente, no puede ser el protagonista absoluto de la celebración.
Que los tres días que empiezan a contarse desde este domingo sean una extensión de la alegría y no una lista de lamentos. Que el dios Momo sonría al ver una Santa Cruz que baila, canta y se moja, pero que también respeta y protege la vida. Ese sería, sin duda, el mejor homenaje al Carnaval cruceño 2026 y al reinado de Camila I. Que sea una fiesta vivida con el corazón encendido y la conciencia despierta.