Es el verdadero rostro de la crisis económica. Hospitales sin espacio para la internación de enfermos, farmacias vacías, sin personal y sin equipos. Del otro lado, pacientes desesperados que esperan horas para ser atendidos, que deben juntar dinero para comprar costosas recetas, que observan con desesperación a sus seres queridos retorciéndose de dolor. Escuchar que el país va bien ofende los oídos. Hablar de que la aprobación de créditos en el Legislativo resolverá todos los problemas suena como promesa hueca. La gente quiere alivio inmediato y no entiende las explicaciones.
La situación económica está aumentando la pobreza de la población. No es apenas que ya no se puede tener un menú con carne de res, porque eso se ha vuelto un lujo. Ahora tiene que ver con menos empleo de calidad, más informalidad y mayor inseguridad económica en los hogares. Eso significa que pagar una consulta particular o acceder a servicios de rayos X, laboratorios y otro tipo de análisis está fuera del alcance de los bolsillos de una gran cantidad de personas. Aumenta el número de enfermos que salen a las rotondas con carteles que hablan de sus necesidades de salud para pedir limosna.
El problema es complejo porque los gobiernos subnacionales están con menos recursos. En cambio, en el Estado central no se ve que haya señales de austeridad. ¿A quién culpará el Gobierno por la crisis de salud y el encarecimiento de atención, medicinas y servicios? No es cuestión de aprobar créditos sino de ponerse la mano al pecho y reconocer el dolor de los más pobres para dar solución efectiva. Las excusas no curan a los pacientes.