Mientras el país se concentra en la caída de Sebastián Marset, o en la recta final de las elecciones autonómicas, hay otra realidad que corre el riesgo de quedar relegada al olvido. En distintas regiones del país, especialmente en comunidades del sur cruceño, cientos de familias siguen enfrentando las consecuencias de las inundaciones que arrasaron viviendas, cultivos y caminos.
Las imágenes que llegan desde Abapó o desde comunidades como Junte San Antonio muestran historias que no deberían diluirse en el ruido informativo. Familias que salvaron la vida de milagro mientras el agua se llevaba sus pertenencias, viviendas convertidas en barro y madera destruida, y comunidades enteras tratando de recomenzar desde cero. En medio de esa adversidad incluso se registró el nacimiento de un bebé durante la tormenta, una escena que resume con crudeza la fragilidad y la fuerza de la vida en situaciones extremas.
Las tragedias naturales suelen tener un problema adicional: pasan rápido en la conversación pública. La atención se desplaza hacia el siguiente escándalo político, la próxima captura policial o el nuevo conflicto electoral. Pero para quienes viven en las zonas afectadas, el desastre no termina cuando las cámaras se retiran. Empieza entonces la etapa más larga y silenciosa: reconstruir la casa, recuperar el trabajo, rehacer la vida.
En medio del vértigo de la política y de las noticias del día, conviene recordar que una sociedad también se mide por su capacidad de no olvidar a los más vulnerables. Las inundaciones son una realidad que todavía golpea a muchas familias y que exige algo más que atención momentánea: exige memoria, solidaridad y acción sostenida.