Paradoja: Bolivia invierte más del 8% de su PIB en educación y, aun así, cosecha resultados que avergüenzan. En primaria, siete de cada diez niños de tercero y ocho de cada diez de sexto no entienden bien lo que leen. En matemáticas, el panorama es todavía más desolador. Mucho presupuesto, pocos aprendizajes. Algo no cuadra. Hablamos de datos difundidos por Unicef durante la campaña electoral 2025.
La desigualdad educativa sigue siendo una penosa marca. En las ciudades, escuelas con internet, computadoras y maestros mejor formados; en el área rural, aulas precarias, largas caminatas, lluvias que aíslan comunidades y un rezago que se hereda. Los datos son claros: los estudiantes rurales e indígenas obtienen sistemáticamente peores resultados. Y como si fuera poco, casi el 20% de los adolescentes ni siquiera llega a la secundaria.
En este contexto, la solución estrella ha sido prohibir los celulares en las aulas. Decisión fácil, aplauso rápido. Pero mientras se veta el dispositivo, se ignora la alfabetización digital, la robótica o la inteligencia artificial. No se enseña a usar la tecnología con criterio, se la esconde. Es como tapar el sol con un cuaderno. El mundo avanza a velocidad 5G y nuestra currícula sigue en modo 2G.
Lo más inquietante es la voz de los propios niños. Solo tres de cada diez creen que la educación que reciben es adecuada. Seis de cada diez piden a los próximos gobernantes algo elemental: calidad y contenidos actualizados. Tal vez ahí esté la lección más dura. Invertir más no basta; hay que invertir mejor. Escuchar más y maquillar menos. Porque sin una educación que funcione, el futuro no se posterga: simplemente se pierde.