La economía boliviana está peor de lo que muchos imaginaban. El nuevo Gobierno recibió un Presupuesto General del Estado que recorta de forma severa la inversión pública: casi 4.000 millones de bolivianos menos para producción, programas sociales e infraestructura. A esto se suma un crecimiento proyectado de apenas 0,9%, una inflación de dos dígitos y un déficit fiscal fuera de control. No se puede reconstruir en semanas el daño acumulado durante años. La situación es dura y exige asumirla sin engaños.
La presión cambiaria lo confirma. El dólar paralelo había bajado en los últimos días, pero desde ayer volvió a subir, mostrando una economía frágil donde cualquier movimiento especulativo altera el mercado informal. La incertidumbre, la desconfianza y la falta de reservas reflejan un Estado debilitado y sin capacidad de estabilizar el tipo de cambio. Vienen días difíciles, porque reconstruir lo destruido no es tarea inmediata ni sencilla.
Aun así, hay señales que dan un respiro. El riesgo país cayó a 888 puntos, su nivel más bajo en más de dos años, reflejando que los mercados valoran el cambio de Gobierno y los primeros gestos de orden fiscal. Los problemas estructurales siguen: déficit, falta de dólares y presión cambiaria. Pero la confianza empieza a moverse en otra dirección. En medio de esta tormenta, la fe y la esperanza siguen siendo el capital más valioso del pueblo boliviano. No resuelven por sí solas, pero sostienen el esfuerzo para levantar lo que otros dejaron caer.