¿Tarjetas de crédito, billeteras, maletines y carteras costosas?
¿Allí está la belleza?
Una vez saludé a un sacerdote que trabaja en las calles, atendiendo jóvenes en situación de vulnerabilidad y me miró atentamente y me dijo: cuánto gusto. Me llamó por mi nombre y me miró con sonrisa tranquila y sensata.
Una persona que mira a los ojos, que tiene capacidad de saludar con bondad, genera armonía y humanidad. Es decir, quien mira con agrado acrecienta la belleza, cultiva en el jardín interior una grandeza y se deja llenar el corazón de pureza.
Las personas que trascienden son capaces de saludar con genuina bondad con quien está enojado. Sí, la expresión El Reino de Dios, es de los que son como niños, lleva a pensar inicialmente en no guardar rencor, sino en volver a invitar al juego al amigo.
Hoy pensar en la estética, es invitar, acercar, abrir la mirada con quien deseo compartir sin tener el prejuicio de un hecho del pasado. He visto gente muy bien vestida, mujeres muy bonitas en fiestas y eventos, pero que no han podido controlar el movimiento de apatía y de prejuicio. Hay una ambigüedad en un rostro bello y a la vez amargo. La simplicidad y la belleza del rostro se van perdiendo. Y entonces es cuando uno comprende que no es lo que hay afuera, que no es el ropaje, sino lo que hay en el interior lo que produce belleza.
Una vez le dije a una mujer de ojos preciosos: tienes unos ojos lindos, pero vale la pena volver a mirar con belleza. Que tus ojos brillen de bondad, de claridad y que no los cubra las tinieblas del mal, que entristecen e irritan tu corazón.
Jesús nos dice: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” Mateo 5,8. Mirar con limpieza a las personas da tranquilidad, hace descansar. Si has pasado mucho tiempo pensando mal en alguien, mirando sus defectos, solo te destruyes, te irritas y maltratas tu propia vida. Es hora de limpiar la mirada. No importa cuánto daño hayan hecho otros, es importante que des la oportunidad al otro de ser visto con mejores ojos y te des la oportunidad de quererte más. Porque entre menos quieras, menos te querrás, entre menos perdones menos te perdonarás.
No sé si te ha pasado que a veces se enojan contigo muy fácilmente y pides disculpas, y aun así no te perdonan. Y tú quedas como confundido porque no entiendes la magnitud de la molestia, y sabes que no quisiste hacer daño. Sin embargo, te duele porque te quitan el saludo, o te miran con rabia o hacen actos para ofenderte. Quiero decirte, querido lector, que no te dejes meter en ese círculo. Probablemente ese malestar no tiene nada que ver contigo. Tú le recordaste alguna herida, pero tú no se la hiciste.
Esto pasa como cuando uno tiene un brazo lastimado y nadie lo sabe. Entonces llega alguien y te saluda con aprecio y te da un saludo de abrazo fuerte y te lastima. Quien te saludó solo quería ser grato contigo, pero tú sentiste dolor porque tocaron tu herida sin saberlo. Tal cual pasa en la vida. Y eso quiere decir, que más allá de la herida hay gente que sigue mirándote con agrado y quiere saludarte, quiere quererte. Pero tú con tu herida puedes estar sintiendo que te quieren hacer daño las personas que realmente te aprecian o que se acercan con la mejor intención.
Quiero hablar con sensatez, no siempre es fácil mirar a alguien con bondad, especialmente a quien constantemente te quiere herir y te ve con desprecio. Pero aquí hay un reto y es lograr no entrar en ese círculo de sentirse herido y de buscar herir. La propuesta es entender que uno no tiene que ver con la herida de la otra persona; ser consciente de que no soy de su historia de dolor, de sus traumas, y mirarle con respeto, con bondad, aunque la persona tire lanzas para donde quiera. Lo importante es dejar pasar todas las lanzas, porque entre más razón y comprensión exista, cada vez menos una lanza de las que te envíen te podrá tocar.
El rey David siempre fue atacado por el rey Saúl, y cada vez que lo atacaba, su respuesta era seguir haciendo las cosas que sabía hacer, y entre ellas tocar el arpa. Es más, una vez llevaron a David para que interpretará el arpa para Saúl cuando estaba atribulado. Es decir, la música que hacía David calmaba a Saúl, y por eso ante las flechas que le enviaba Saúl, él respondía con cuerdas de arpa, con música que aliviaba el corazón de su agresor.
La alegría de David, la música que hacía, el cumplir con su deber, el hacer bien y hasta el tocar para quien no lo quería, era su secreto. Así mantenía la belleza en su corazón y en su mirada.
Te invito a mantener tu belleza, a continuar haciendo lo que sabes hacer, a mirar a los ojos a quienes te rodean, a saludar con auténtica bondad, quitando el prejuicio y siempre dando oportunidad. Que tu corazón descanse y dé paz a quien saludas. Te invito a seguir a Jesús, que es quien nos mantiene la belleza, quien nos da la salvación y nos hace ver claro.
Su amigo.