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2026: el desafío de avanzar

Jueves, 01 de enero de 2026 a las 08:50

Llegó el año 2026 con un equipaje pesado y una pregunta esencial: ¿qué hacemos con lo aprendido? La crisis económica dejó de ser cifra para volverse rutina: precios que aprietan, empleo frágil, crédito caro y una sensación de “sálvese quien pueda” que corroe la confianza. En ese clima, el desespero seduce con atajos, rabias y culpables fáciles. Pero una nación no se reconstruye con impulsos, sino con carácter.

La justicia, mientras tanto, sigue siendo la herida abierta. Cuando el ciudadano sospecha que la ley no es igual para todos, la democracia pierde piso. No hay inversión sostenible sin reglas creíbles, ni paz social sin un árbitro que inspire respeto. 2026 exige un giro: menos retórica y más garantías, menos revancha y más debido proceso, menos impunidad y más transparencia. Sin justicia, la economía también se vuelve un juego de azar.

El deterioro ambiental completa el cuadro. Vivimos sobre un territorio agotado por incendios, sequías, contaminación y expansión sin control. No es un tema “verde”: es agua, salud, alimentos, ciudades seguras y futuro productivo. Y, como siempre, los que menos tienen pagan primero: barrios expuestos, comunidades rurales sin servicios y niños con oportunidades recortadas. A esa vulnerabilidad hay que mirarla de frente, con políticas que protejan, no con discursos que consuelen.

Por eso conviene recuperar tres palabras simples y difíciles: solidaridad, resiliencia y templanza. Solidaridad para recordar que nadie se salva solo y que el dolor ajeno también es un dato nacional. Resiliencia para resistir sin endurecer el corazón, sin normalizar el abuso, sin convertir la crisis en identidad. Templanza para elegir el largo plazo cuando la urgencia empuja al exceso: gastar lo que no hay, prometer lo que no se puede, gritar en vez de gobernar.

El mundo no ayuda. La guerra persiste como fracaso de la razón; el calentamiento global avanza mientras florecen negacionismos; el crimen organizado se globaliza y corrompe Estados. Lo inquietante es la paradoja: sabemos lo suficiente para cuidar la casa común y, aun así, insistimos en dañarla. Octavio Paz advirtió que las crisis profundas son también morales: se rompen los vínculos que nos hacen comunidad y el lenguaje se vacía de verdad.

Yuval Noah Harari, en “Homo Deus”, plantea otra alarma: el poder tecnológico crece más rápido que nuestra sabiduría para gobernarlo. Podemos medirlo todo, pero no necesariamente comprenderlo; podemos optimizar sistemas, pero no siempre proteger a las personas. Sin brújula ética, el progreso se vuelve riesgo, y la eficiencia, excusa. 2026 pedirá justamente eso: poner límites, cuidar la dignidad, subordinar el poder -económico, político o digital- al bien común.

Bolivia no puede darse el lujo de la resignación ni del cinismo. Necesita ordenar sus cuentas con justicia social, reconstruir confianza institucional, blindar a los vulnerables y tratar al ambiente como patrimonio, no como botín. Necesita diálogo real, no monólogos de campaña; acuerdos mínimos, no pactos oscuros. Y necesita ciudadanía: vigilancia, participación y responsabilidad cotidiana.

No hay salida individual para un problema colectivo. La inflación no respeta cercos, la corrupción no conoce apellidos y el humo cruza muros. La solidaridad no es caridad: es inteligencia social. Y la templanza no es tibieza: es la fuerza de no romperlo todo cuando duele. 

El año que inicia no traerá milagros. Traerá, como siempre, decisiones. Que 2026 nos encuentre firmes y lúcidos: capaces de soportar la intemperie sin perder humanidad, de exigir sin destruir, de resistir sin odiar. El futuro no se hereda; se trabaja. Y se trabaja mejor cuando la esperanza es una disciplina.

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