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La otra pandemia: pobreza, violencia y descomposición social

Jueves, 06 de noviembre de 2025 a las 04:00

    

En Bolivia, la crisis económica se ha convertido en una amenaza silenciosa que va más allá de los bolsillos. El aumento del desempleo, la informalidad y el encarecimiento del costo de vida están profundizando la pobreza, y con ella, la desesperanza. Sin embargo, lo más alarmante es que esta crisis no solo empobrece a las familias: también está desangrando a nuestra sociedad.
En los últimos años, el país ha sido testigo de un incremento preocupante en los casos de feminicidios, infanticidios y delitos violentos. Según datos del Ministerio Público, cada año se registran más de 80 feminicidios y decenas de casos de infanticidios que estremecen la conciencia nacional. Estas tragedias no ocurren en el vacío: son el reflejo de un entorno social tensionado por la precariedad, la frustración y la desigualdad.
Cuando las oportunidades desaparecen, la violencia encuentra terreno fértil. En los hogares donde la necesidad aprieta, el estrés y la desesperanza se transforman, muchas veces, en ira y agresión. La pobreza no justifica el delito, pero lo alimenta. Lo económico se convierte así en detonante de una espiral de violencia que atraviesa los hogares y las calles de todo el país, desde El Alto hasta Santa Cruz, de Cochabamba al altiplano rural.
No podemos seguir abordando la violencia como si fuera un problema aislado del contexto económico. La inseguridad ciudadana y los feminicidios son también el resultado de un modelo que ha descuidado la equidad y el bienestar integral. Urge comprender que luchar contra la pobreza es también prevenir la violencia.
Este es un llamado urgente a las autoridades nacionales, departamentales y municipales. Bolivia necesita políticas integrales que ataquen las raíces del problema: empleo digno, educación de calidad, acceso a la salud mental, y una justicia que proteja efectivamente a mujeres, niñas y niños. El Estado Plurinacional no puede mirar hacia otro lado mientras la violencia se normaliza y la pobreza se hereda.
La crisis económica no puede seguir siendo la excusa para la indiferencia. Si no actuamos hoy, mañana no solo contaremos más víctimas, sino también más sueños rotos y más comunidades fragmentadas.
Porque detrás de cada cifra hay un rostro, y detrás de cada silencio, una tragedia que pudo haberse evitado.
Bolivia merece vivir con dignidad, sin miedo y sin violencia.

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