La congestión vehicular siempre sorprende en Santa Cruz de la Sierra. En las horas pico aparecen, como si fuera un hormigueo, miles y miles de vehículos en las principales vías e intersecciones, provocando interminables trancaderas. No parece influir que haya escasez de combustibles o que la crisis económica haya frenado la compra de vehículos en los últimos años. La sensación es que cada ciudadano se ha motorizado y que las vías ya no dan abasto para absorber semejante crecimiento.
Lo cierto es que la metrópoli cruceña concentra la mayor cantidad de vehículos del país: alrededor del 36% del parque automotor nacional, lo que equivale a varios cientos de miles de motorizados. Aunque las cifras oficiales son imprecisas, se estima que el crecimiento ha estado por encima del 15% anual desde 2016, un aumento impresionante para una sola urbe.
Lo único seguro es que el camino a casa nunca será expedito. Las rotondas y cruces del cuarto anillo se bloquean constantemente, al igual que las del tercer anillo, pese a que sus vías fueron ampliadas recientemente. Los conductores protestan y atribuyen la trancadera a las rotondas, aunque la solución al problema del tráfico urbano cruceño es mucho más estructural que la simple modificación de éstas.
Algunos expertos rechazan el retiro o la reducción de las rotondas, porque eso significa perder espacios paisajísticos a cambio de más cemento. Sugieren, en cambio, la instalación de semáforos inteligentes que permitan una circulación más fluida y eviten el bloqueo interno, especialmente con los giros a la izquierda. Sin embargo, lograr ese objetivo en horas pico es casi imposible, cuando confluyen vehículos desde cuatro direcciones al mismo tiempo.
El problema es más profundo. Las rotondas del segundo anillo, por ejemplo, fueron eliminadas, pero eso implicó prohibir los giros a la izquierda y saturar las vías de retorno. En el primer anillo también se suprimieron algunas rotondas para dar paso al supuestamente eficiente sistema de transporte masivo BRT, un proyecto que, pese a la millonaria inversión municipal, nunca entró en funcionamiento.
Precisamente, la falta de un transporte público moderno es una de las principales causas del caos vial. El sistema de micros está totalmente obsoleto y los intentos por reordenar su circulación han sido meros paliativos. Subirse a un micro equivale a ingresar en una lata de sardinas, lo que ha empujado a miles de usuarios hacia el transporte privado. Los más pudientes compran vehículos nuevos; los demás, motocicletas o autos usados y chutos.
Todos ellos han saturado las calles de manera exponencial en los últimos años. Santa Cruz está lejos de contar con un sistema de transporte masivo eficiente, como el que poseen las grandes capitales del mundo, o incluso —en menor escala— La Paz y Cochabamba.
A ello se suma la falta de infraestructura vial —puentes, ciclovías, pasos a desnivel— y la escasa educación vial que impera en las calles. Conductores públicos y privados desobedecen las normas de tránsito con total impunidad, mientras las autoridades municipales y policiales no hacen cumplir los reglamentos.
Frente a esta compleja realidad, el Ejecutivo municipal ha anunciado que intervendrá algunas intersecciones para mejorar la fluidez del tráfico. El problema es que a la actual gestión apenas le quedan unos meses, debido a las elecciones municipales del próximo año.
Sea cual sea la medida que se adopte, lo urgente es empezar a diseñar soluciones estructurales para el tráfico urbano de Santa Cruz. La ciudad ya no aguanta parches ni improvisaciones. Si no se encara el problema de fondo, las trancaderas solo seguirán empeorando hasta llegar al colapso total.