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Cuando el candidato pierde la sonrisa: Edman Lara en un debate histórico

Miércoles, 08 de octubre de 2025 a las 03:00

El debate vicepresidencial entre Juan Pablo Velasco, de la Alianza Libre, y Edman Lara, candidato de la Democracia Cristiana, exigía de sus participantes una dosis propositiva y claridad expositiva capaz de mostrar los contrastes entre ambos, esto, empero, no fue posible porque Lara optó por la confrontación mostrando una clara debilidad argumentativa frente al candidato de Libre. Lo que vimos en Lara fue un doloroso espectáculo de insuficiencia. Su performance no solo mermó las posibilidades de debate serio y fructífero, sino, también, develó cómo la mediocridad puede (en coyunturas de vacío ideológico) instalarse como una opción política real. Su fracaso en la tribuna se convirtió en una radiografía de la crisis final de las poses populistas que, hasta no hace mucho tiempo atrás, apelaban a lo más profundo de las sensibilidades sociales para movilizar pasiones ideológicas. Una estrategia por cierto fracasada en todos los países en que el experimento populista tomó el poder en décadas pasadas.


El primer error estratégico de Lara fue pretender desplegar un discurso basado únicamente en la confrontación vacía. Esta negación abierta del sentido democrático propio del diálogo tiene consecuencias políticas profundas. Cuando el objetivo primario es anular al adversario en lugar de proponer un horizonte de soluciones, lo que se niega es la propia viabilidad de la propuesta porque evoca las formas autoritarias y unilaterales de las dictaduras latinoamericanas del pasado. Tomar nota de esta intención es crucial, porque la audiencia capta rápidamente la ausencia de sustancia. El votante, aunque pueda disfrutar del golpe bajo, propio de la morbosidad política, espera que los llamados a dirigir una nación en un momento de cambio como el que vivimos ofrezcan algo más que gestos airados, poses autoritarias y un comportamiento propio de polizontes enojados.


Cuando la propuesta es sustituida por la agresión o la irracionalidad del lenguaje violento, es clara seña de la pequeñez política del protagonista. Esto quedó claro en el debate; Lara no dio la talla que requiere la segunda magistratura del país, Juan Pablo Velasco mostró en cambio el aplomo que supone asumir un cargo de ese nivel en un momento como el actual.


La estridencia del discurso del candidato del PDC no pudo sustituir una visión estratégica, quedó anclada en frases repetitivas, demandas propias de una guerra sucia, y terminó mostrando al verdadero Lara: un político aprendiz sumido en el odio y la intolerancia.


El riesgo que implica esta figura es que la mediocridad se consolide como política. Semejante posibilidad no solo seria prolongar lo que vivimos 20 años con el régimen masista (la quintaesencia de la mediocridad y la corrupción) sino que perderíamos la mejor oportunidad de construir una democracia cualitativamente superior, y terminaríamos prolongando este vacío de valores y principios que debieran regir la democracia nacional frente a los desafíos del siglo XXI.


La violencia verbal “larista” y la apelación a las percepciones más sentidas y básicas del pueblo, (propias del populismo y el fascismo) sin un sustento programático, se transforma inevitablemente en una derrota, no solo electoral, sino también moral. Se derrota la posibilidad de que el debate público eleve la calidad de la democracia. Sin embargo, el populismo de la confrontación sin base programática es insostenible a la luz del escrutinio ciudadano. Cuando el candidato se queda sin insultos o sin blancos fáciles, solo queda el silencio de la ineptitud, la furia, el insulto, la diatriba, la verborrea populachera y pasada de moda.


Hemos presenciado una transfiguración digna de estudio: La sonrisa inicial, esa mueca de suficiencia que Edman Lara intentó instalar durante el primer bloque del debate, se desvaneció por completo en el subsiguiente. Todo indica que el candidato comprendió, tardíamente, el alcance de su descalabro. Su rostro se transformó en una evidente mueca de impotencia y frustración. Esa mueca final fue el sello definitivo de su ineptitud para el cargo que postula, un símbolo que encapsula la derrota de un candidato que, de llegar al poder, solo mostrará las garras de un dictador al mejor estilo de la izquierda fracasada latinoamericana.
 

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