El racismo en Bolivia es una problemática estructural profundamente arraigada en la historia colonial del país y sigue siendo un tema recurrente incluso en el debate electoral como lo fue cuando el domingo se enfrentaron los candidatos vicepresidenciales JP Velasco (Libre) y Edman Lara (PDC). A pesar de los avances normativos, como la promulgación de la Ley 045 contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación en 2010, el racismo continúa manifestándose en distintos ámbitos: desde la exclusión económica hasta la estigmatización cultural y lingüística de los pueblos indígenas.
Durante las campañas electorales, el racismo suele intensificarse, disfrazado de discursos políticos que deslegitiman a ciertos sectores sociales por su origen étnico o por su identificación con movimientos indígenas o campesinos. Las élites tradicionales, muchas veces urbanas y mestizas, han utilizado el racismo como herramienta para desacreditar al ´otro’, construyendo una narrativa que asocia lo indígena con el atraso o la incapacidad de gobernar. Al mismo tiempo, algunos sectores del poder político también han instrumentalizado la identidad indígena para obtener respaldo, sin necesariamente transformar las estructuras de la exclusión.
Este uso político del racismo polariza aún más a la sociedad boliviana, generando tensiones entre regiones, clases sociales y grupos étnicos. Si bien Bolivia se reconoce como un Estado Plurinacional, la convivencia entre culturas aún enfrenta retos significativos. Superar el racismo no solo requiere leyes, sino un compromiso profundo con la educación intercultural, la inclusión real y el respeto mutuo entre todos los ciudadanos del país.