La política boliviana pone en escena actores que encarnan no solo posiciones de poder, sino también visiones diferenciadas sobre el ejercicio del liderazgo y la responsabilidad institucional. En este contexto, la relación y diferenciación de roles entre Rodrigo Paz, presidente, y Edman Lara, vicepresidente, ha ido revelando profundas distancias en la comprensión y asunción de sus respectivas funciones.
Rodrigo Paz ha logrado proyectar una imagen de liderazgo marcada por una apertura democrática y por el claro distanciamiento respecto a las prácticas políticas del pasado, especialmente aquellas asociadas al periodo evista. Su gestión se distingue por una búsqueda de institucionalidad, transparencia y diálogo, valores que se contraponen a la lógica del caudillismo y del personalismo que dominaron la escena política en anteriores gestiones gubernamentales.
Paz ha mostrado, a través de sus decisiones y su discurso, una clara voluntad de fortalecer las instituciones y de consolidar una cultura política donde el presidente es, ante todo, un servidor público comprometido con el bienestar colectivo y el respeto a las normas democráticas. Este giro implica también una redefinición del rol presidencial, donde el poder no se ejerce desde la imposición, sino desde la construcción colectiva y el respeto a la diversidad de opiniones. En suma, Paz ha dejado señales claras de su diferencia frente a la tradición populista, marcando un antes y un después en la praxis política nacional.
En contraste, Edman Lara parece no haber asimilado plenamente la magnitud y especificidad del rol que le corresponde como vicepresidente. Su accionar y su retórica denotan una visión que, lejos de complementar y fortalecer el liderazgo presidencial, se mantiene en una zona de ambigüedad y en algunos casos muy próxima al populismo. Lara no logra marcar una distancia clara respecto a las prácticas y narrativas del pasado, lo que genera una percepción que no contribuye a la reconstrucción democrática del país
La postura de Lara evidencia una comprensión ingenua, y en ocasiones poco ajustada, de la importancia institucional de la vicepresidencia. En lugar de asumir un papel de equilibrio y apoyo estratégico al presidente, parece buscar protagonismo propio, sin advertir la responsabilidad de contribuir al fortalecimiento democrático y al cambio de paradigma que Paz intenta consolidar. Esta falta de diferenciación no solo limita el potencial transformador de su cargo, sino que también dificulta la consolidación de una nueva cultura política.
La cristalización de los roles, en este sentido, no es solo el resultado de las acciones individuales, sino también de la capacidad de los líderes para comprender el contexto histórico y las demandas de la ciudadanía. Paz ha leído correctamente el momento político, apostando por una modernización del liderazgo y por la ruptura con el pasado. Lara, por el contrario, parece aferrarse a fórmulas agotadas, mostrando una mirada que, si no ingenua, resulta poco ajustada a la magnitud de su papel en el nuevo escenario democrático. La cristalización de sus diferencias no solo define el presente político, sino que también marca el rumbo hacia una institucionalidad más sólida y acorde a los retos contemporáneos.