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Viernes, 03 de octubre de 2025 a las 05:00

     

Con el deseo de que el tiempo que resta hasta el 19 de octubre pase volando porque creo que la campaña electoral nos ha saturado al máximo, y convencido de que tendremos que seguir aguantando cuanta tontería e indecencia se pueda imaginar, es necesario hacer referencia al meollo del proceso que estamos viviendo que, a momentos, parecería que se olvida: la recuperación del sistema democrático y el estado de derecho.


En una campaña electoral normal –y definitivamente ésta no la es–, los candidatos, hombres y mujeres, buscan seducir al electorado con propuestas sobre cómo administrar el Estado en función a sus postulados y visiones del país, con una aceptación tácita de, primero, que uno de los principios es la alternancia en el ejercicio del poder y, segundo, que se aceptará el veredicto de las urnas, a partir del cual se conformará una mayoría que gobernará y una primera minoría que encabezará la oposición. Todo dentro del sistema democrático que se quiere reconsolidar.


Lamentablemente, la desinstitucionalización del país y la crisis que nos lega el MAS luego de casi 20 años de gestión continua, ha hecho que, fundamentalmente Alianza Libre, que salió en segundo lugar en la primera vuelta electoral, polarice la campaña de manera que ha roto el principio de que se trata de una pugna entre adversarios que finalmente pueden llegar a acuerdos de bien común. Más bien, ha retomado la táctica que los politólogos denominan “ecuación suma cero”, que el MAS usó hasta sus últimas consecuencias.


A eso hay que incluir el cuestionamiento que se hace al sistema democrático a nivel mundial vanguardizado por dos tipos de populismo. Uno, que se autodefine como “socialista”, que tuvo en Venezuela su epicentro con Chávez y sus sucesores; el otro, “libertario”, que ahora tiene en EE.UU. su centro difusor y económico, y es encabezado por Donald Trump. Ambos están perforando los sistemas democráticos y los estados de bienestar en el planeta, con proyectos y acciones autoritarios y un grado de indecencia pocas veces vistos en nuestra historia contemporánea.


De una u otra manera esa confrontación tiende a reproducirse en nuestra región. En el país, forzando mucho, como se ve en la forma en que Alianza Libre trata de estigmatizar a todo adversario como masista, dificultando que a nivel nacional se pueda replicar el debate programático que sus especialistas mantienen en círculos pequeños, en los que se demuestra que en temas cruciales tienen muchas más coincidencias que divergencias.
Por esas experiencias de debate racional, es posible tener la esperanza de que a partir del lunes 20 de octubre la confrontación cesará y se abrirá un nuevo escenario en el que debería predominar la búsqueda de acuerdos sobre problemas fundamentales que aquejan al país, que si no son atendidos debidamente, la crisis nos terminará de devorar a todos, políticos incluidos.


Pero, para ello hay una condición sine qua non: que se respete los resultados de las urnas y no aparezcan voces subversivas que con cualquier pretexto traten de desconocerlos.


No es un temor baladí, precisamente por la polarización provocada que está dominando esta campaña electoral. Por eso, insisto, “konaneo”, en que más allá de quién gane, lo que se debe defender es la democracia y esto exige que quien salga primero en la segunda vuelta electoral administre el Estado los próximos cinco años, y quien salga segundo, encabece una oposición democrática en el país. 


Es decir, que podamos reaprender a vivir en democracia y en un estado de derecho. Otros intereses, son peligrosos.

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