Bolivia vuelve hoy a escribir historia. Por primera vez desde su fundación, los ciudadanos regresan a las urnas para decidir, en segunda vuelta, quién conducirá los destinos del país. No hay acto más noble ni más exigente que este: votar no solo es elegir, es también creer. Creer que el voto vale, que la palabra del soberano es sagrada, que la democracia -tantas veces herida- sigue siendo el único camino posible hacia la convivencia y el futuro.
El balotaje no es solo un mecanismo electoral; es una lección de madurez institucional. Representa el reconocimiento de que la mayoría debe ser construida, no impuesta. Hoy, el país se mira en el espejo de su historia y encuentra en las urnas una oportunidad para reconciliarse consigo mismo. Detrás de cada papeleta hay una esperanza íntima: que quien gobierne escuche más de lo que hable y gobierne para todos, incluso para los que no lo eligieron.
Pero este ejercicio democrático ocurre en un escenario adverso. La economía se encuentra en recesión, el desempleo se expande y los pronósticos del Banco Mundial anticipan un horizonte sombrío para 2026 y 2027. La fiesta democrática no podrá prolongarse mucho: el nuevo gobierno deberá enfrentar la realidad con inteligencia, transparencia y valentía. Gobernar, en tiempos de crisis, será un acto de serenidad moral más que de cálculo político.
La memoria nacional recuerda otro momento de angustia. En 1985, cuando la inflación devoraba el salario y la fe, Víctor Paz Estenssoro pronunció la frase que aún retumba en la conciencia colectiva: “Bolivia se nos muere”. Y, sin embargo, el país no murió. Renació de su propia ruina porque hubo liderazgo y porque, por encima de los partidos, se impuso el sentido de nación. Aquella lección de responsabilidad y desprendimiento político debería resonar también hoy, cuando la economía tambalea y la confianza social se agrieta.
Toda crisis económica es, en el fondo, una crisis de esperanza. La desesperanza puede ser combustible para el autoritarismo o semilla de transformación. Dependerá del temple de los gobernantes y de la madurez de los ciudadanos. Democracia no es solo el ritual del voto: es vigilar, exigir, participar, cuidar lo que es de todos. Como escribió José Martí, “el voto es más fuerte que la bala”, porque su fuerza no destruye: construye.
En los últimos años, la indiferencia permitió que la política se convirtiera en botín y que el Estado se alejara del ciudadano común. Esa indiferencia es el verdadero enemigo. Un pueblo que calla, concede. Un pueblo que vigila, corrige. Por eso, más allá de quién gane o pierda, lo que debe prevalecer hoy es la certeza de que solo la participación activa mantiene viva a la democracia.
Bolivia llega a este día cargando no solo crisis, sino también aprendizajes. Ha atravesado dictaduras, hiperinflaciones, fraudes y rupturas; y, sin embargo, sigue de pie. Esa perseverancia es su mayor patrimonio moral. La democracia no se mide por su perfección, sino por su capacidad de resistir los embates del desencanto. Hoy, el desafío no es solo económico: es espiritual. Se trata de recuperar la fe en el país, en sus instituciones y en la fuerza regeneradora del voto.
Este 19 de octubre, Bolivia no solo elige a un presidente: decide si quiere seguir creyendo en sí misma. Que el vencedor tenga la humildad de entender que el poder no es un trofeo y que el derrotado posea la grandeza de reconocer la voluntad del pueblo. “La democracia —dijo Lincoln— es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Que así sea. Que la voz del soberano vuelva a escucharse limpia, clara y esperanzada.