Palestina se aferra a la esperanza. El acuerdo de paz alcanzado entre el Gobierno de Israel y Hamás da un necesario y urgido respiro a la cruenta guerra que azotó, por algo más de dos años a la Franja de Gaza. Las cifras son espantosamente dolorosas. Autoridades palestinas estiman más de 68.000 fallecidos. Las instituciones defensoras de los derechos humanos dejan la cifra de fallecidos en el conflicto en algo más de 65.000 víctimas. Una de cada tres, coinciden, son niños. Sin tapujos, califican como genocidio el actuar impulsado por el Gobierno de Israel.
La firma del acuerdo, propiciado y auspiciado por Donald Trump, retoma un sendero de esperanza para la región de Medio Oriente. Resta mucho para que la paz sea una realidad. La convivencia entre israelíes y gazatíes, entre judíos y árabes, requiere mucho más tiempo para consolidarse. Más aún cuando se entiende que el acuerdo suscrito se realizó con la ausencia del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y de los representantes de Hamás, quienes no fueron reconocidos como interlocutores válidos.
Hay que remontarse a mayo de 1948 para entender la génesis de un conflicto que, con diversos grados de intensidad, se ha mantenido hasta la actualidad.
El último detonante, el más reciente, comienza con el ataque terrorista ocurrido el 7 octubre de 2023, hace poco más de dos años. Esa triste madrugada, numerosas células terroristas de Hamás ingresaron a territorio de Israel con el propósito de generar dolor. La incursión dejó más de 1.200 muertos. También secuestró a 251 rehenes, algunos de los cuales murieron lejos de sus familiares. Los cuerpos de estos rehenes son aguardados en Tel Aviv con un contradictorio sentimiento de dolor y descanso.
A Netanyahu no le tembló la mano con la respuesta. La operación ‘Espadas de hierro’ ha sido una de las más agresivas y mortales acciones de Israel en contra de Palestina. Fue una intervención militar avalada por Estados Unidos, bajo la presidencia del mismo Donald Trump que ahora patrocina el acuerdo de paz gracias a la carta de negociación arancelaria que dispone.
Las cifras de esta devastadora acción militar son escalofriantes. A los más de 65.000 muertos se suman 170.000 heridos. El paisaje de Gaza muestra miles de edificios destruidos por efecto de los bombardeos.
La situación se agrava al considerar que los principales objetivos de ataque eran los hospitales, bajo el argumento de que se escondían en ellos los terroristas de Hamás. Y ni qué decir de la hambruna provocada por el embargo despiadado que impidió, incluso, la llegada de la ayuda humanitaria ofrecida por la mismísima ONU.
Desde el lunes rige un pacto de no agresión con la esperanza de dejar atrás la violencia indolente. Será, por el momento, una tregua temporal. El intercambio de rehenes israelíes por prisioneros palestinos alivia la tensión y prioriza las urgencias humanas ante los criterios políticos. Es, todavía, un acuerdo paliativo. Falta discutir el futuro de los asentamientos, las fronteras del territorio y el reconocimiento formal al Estado palestino. Es decir, falta resolver aspectos fundamentales para concretar una paz verdadera y duradera que devuelva a palestinos e israelíes, a judíos y árabes, la esperanza de vivir sin miedo a las bombas, los ataques y las vengativas represalias de quienes recurren al terror por falta de ideales.