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La ciudad atrapada en su propia basura

Martes, 14 de octubre de 2025 a las 04:00

Santa Cruz de la Sierra, antaño símbolo de pujanza, crecimiento y modernidad en Bolivia, hoy se ve opacada por un mal que no respeta barrios ni clases sociales: la basura. Las imágenes de calles, canales, parques y hasta áreas protegidas inundadas de desechos plásticos y basura común ya no son escenas esporádicas, sino parte de un paisaje urbano que, lamentablemente, se ha naturalizado. Esta realidad, lejos de ser una cuestión estética o coyuntural, es el reflejo de una profunda crisis de cultura ciudadana, negligencia institucional y falta de voluntad colectiva. 


Las lluvias de la temporada han sido, una vez más, implacables. Pero más que agua, han arrastrado toneladas de residuos que obstruyen drenajes, convierten avenidas en ríos putrefactos y desnudan la falta de previsión. El plástico flota impune en cada anegamiento, testigo silente de una ciudad que no sabe qué hacer con lo que consume ni con lo que desecha. Y aunque es fácil culpar a las autoridades —que, sin duda, tienen una gran cuota de responsabilidad por la deficiente gestión de residuos y por no fiscalizar ni ejecutar políticas efectivas de reciclaje o limpieza,— resulta ineludible apuntar también al ciudadano común.


La actitud descomedida de muchos vecinos deja mucho que desear. No se trata solo de quienes arrojan basura desde su vehículo o lo hacen por la ventana de su casa como si el mundo exterior fuese un gran basurero. También es culpa de quienes, por indiferencia, toleran estas acciones. De quienes no reclaman, no corrigen, no educan. En las esquinas de los barrios más humildes y también en las urbanizaciones más exclusivas, se repite la misma escena: bolsas de basura abiertas, animales hurgando, plásticos volando al menor viento. ¿Cómo hemos llegado a esto?


Hay un divorcio evidente entre el discurso de progreso y la realidad ambiental. Santa Cruz se enorgullece de su dinamismo económico, de su apertura a la inversión, de su empuje empresarial. Pero nada de eso tiene sentido si la ciudad no es capaz de resolver lo más básico: la limpieza y el cuidado de su entorno. No se puede hablar de modernidad mientras los ríos urbanos se convierten en cloacas plásticas, ni de desarrollo si los niños crecen viendo montañas de basura como parte del paisaje cotidiano.


Hace falta un cambio urgente y profundo. Un cambio en la política municipal, sí, pero sobre todo en la conciencia colectiva. Las campañas de educación ambiental deben dejar de ser eslóganes bonitos y convertirse en estrategias permanentes y masivas. La responsabilidad debe ser compartida, y las consecuencias tienen que ser reales para quienes contaminan el espacio común. El reciclaje no puede seguir siendo un esfuerzo marginal de unos pocos voluntarios; debe institucionalizarse, incentivarse, formar parte de la vida diaria. Y, sobre todo, se necesita que cada ciudadano se reconozca como parte del problema y, por tanto, como parte de la solución.


Santa Cruz no puede seguir siendo una ciudad que brilla en los números económicos pero que apesta en sus calles. El plástico que flota en cada canal no solo contamina el agua: contamina la imagen de una ciudad que aspira a ser metrópoli, pero que se comporta como un basural.


La ciudad que queremos no se construye solo con cemento y edificios modernos. Se construye también —y sobre todo— con cultura, con civismo, con responsabilidad compartida. Hasta que eso no ocurra, Santa Cruz de la Sierra seguirá viéndose, lamentablemente, como lo que hoy es: una ciudad atrapada en su propia basura.
 

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