Cien días no definen un gobierno, pero sí revelan su carácter. En ese breve lapso se distingue si un presidente administra por inercia o asume riesgos. En el caso de Rodrigo Paz, la pregunta no es solo qué ha hecho en este tiempo, sino si sus decisiones iniciales marcan una ruptura real con el pasado o apenas un ajuste transitorio en medio de la crisis.
Obviamente, si vamos a evaluar la gestión de Rodrigo en estos cien primeros días, debe hacerse en función de los desafíos de corto plazo. Para una evaluación objetiva, es necesario distinguir entre los desafíos urgentes e inmediatos y aquellos estructurales de largo plazo.
Los desafíos urgentes son apremiantes y cruciales para la sostenibilidad del mismo gobierno y están relacionados con la economía.
El primer gran desafío es el combustible. El anterior gobierno dejó un profundo trauma. Fueron más de dos años de colas interminables, conflictos, especulación y contrabando. En el trasfondo, como denominador común, la corrupción. Esto afectó agudamente a todos los sectores productivos, principalmente, al agro.
La raíz del problema era evidente: la subvención insostenible, que no solo corroía la economía como un cáncer, sino que distorsionaba precios, estimulando el mercado ilegal y el contrabando.
Eliminarla implicaba asumir un enorme costo político. En Bolivia, los “gasolinazos” siempre derivaron en convulsión e inestabilidad. El expresidente Evo Morales vivió esos momentos con su “gasolinazo” el 2010. Ese costo político de eliminar la subvención tampoco lo asumió el gobierno de Luis Arce.
Sin embargo, Rodrigo asumió el riesgo. El Decreto 5503 -sustituido luego por el Decreto 5516- eliminó la subvención y, en poco tiempo, como por arte de magia, desaparecieron las filas. La decisión fue audaz y el efecto inmediato. Hoy el abastecimiento es normal y la tensión social ha disminuido considerablemente. Aunque en estos últimos días, por la venta de gasolina de pésima calidad, hay algunos conflictos, que esperemos sea eventual y transitorio.
El segundo gran desafío es de fundamental importancia en la estabilidad económica: el precio del dólar en el mercado paralelo. Cuando la divisa norteamericana llegó a rozar los 20 bolivianos, la economía se dirigía al precipicio. Como la mayor parte de los precios en el mercado interno se rigen a ese parámetro, la moneda boliviana se había devaluado a su máximo histórico. Los efectos, que ya se sentían, de una devaluación en esa magnitud, son devastadores. Se requería soluciones urgentes.
Con dólares, a través de créditos y apoyo internacional, el gobierno de Paz logra estabilizar su precio. Hoy, la cotización oscila entre nueve y diez bolivianos. Se ha recuperado la confianza, aunque parcialmente, en la moneda nacional. Sin estabilidad cambiaria, no hay gobernabilidad posible.
El tercer desafío está vinculado al segundo: la inflación. En los últimos años los precios de los productos de la canasta familiar subieron de forma sostenida, afectando los bolsillos de todos los bolivianos, sobre todo, de los más pobres.
Se calculaba que con la subida de los precios de los combustibles, producto del retiro de la subvención, los precios inevitablemente se iban a disparar. Sin embargo, salvo en el transporte público, el efecto inflacionario no ha sido significativo. El impacto fue contenido. No es un logro menor. Evitar una espiral de precios que pulverizara salarios y ahorros era crucial para preservar la estabilidad social.
Evaluando en función de estos tres grandes desafíos de corto plazo —combustible, precio del dólar e inflación— resulta difícil reprobar a Rodrigo en estos primeros cien días de gestión.
Empero, no debemos perder de vista a los desafíos de largo plazo. Estos, si bien, no son parte de esta evaluación, vale la pena destacarlos: La reforma de la justicia, la erradicación de la corrupción, la diversificación de la matriz productiva, el nuevo pacto fiscal, la recuperación de las instituciones y una gran reforma tributaria.
Ahora bien, en la otra cara de la moneda, a los aspectos positivos logrados en estos primeros cien días, aparecen dos temas que erosionan todo lo logrado: el escándalo de las 32 maletas y la comercialización de combustible, no solo más caro, sino de pésima e infame calidad.
Lo del combustible es inconcebible. No se trata de “sabotaje”. Es, más bien, incompetencia total. Es altísimo el costo político. Por ello, deberían ser destituidos, desde el ministro de hidrocarburos hasta los directores jerárquicos de YPFB.
El caso de las maletas es más escabroso y ha golpeado terriblemente la imagen y la credibilidad del gobierno. Si no hay una decisión política de transparentar e iniciar una investigación exhaustiva, independiente y transparente, el mensaje será devastador: que nada cambió.
De los 1.825 días que durará el mandato presidencial, aún restan 1.725. Hay tiempo para consolidar la estabilidad económica y encarar las reformas estructurales. Pero el tiempo político no se mide solo en calendario, sino en confianza.
Los primeros cien días demuestran que era posible tomar decisiones difíciles y estabilizar la economía. Sin embargo, gobernar no es solo administrar crisis, también es transformar estructuras. La historia no juzga por decretos audaces, sino por los resultados.
Si Rodrigo quiere diferenciarse del pasado, debe demostrar que su gobierno no solo sabe ajustar cifras, sino también transformar instituciones. De lo contrario, estos cien días quedarán solo como un buen comienzo.