El teniente de bomberos Mauro Silva comanda un equipo de seis hombres que intentan, en vano, apagar varios focos de incendio monte adentro, en la región de Porto Jofre, del Pantanal brasileño. El fuego volverá a encenderse ante la mínima ráfaga de viento -como lo ha hecho numerosas veces-, debido a la presencia de varias camadas de hojas secas altamente combustibles, que esconden rescoldos subterráneos. Es necesario que llueva. Con esta combinación de humedad tan baja y calor tan intenso, solamente la lluvia puede resolverlo, lamenta Silva junto al lugar donde surgen nuevas llamas, en el terreno de una posada. Los bomberos se internan unos 60 metros entre una densa vegetación carbonizada, pero las mangueras conectadas al camión no llegan tan lejos. En vez de usar agua, uno de ellos dispersa la hojarasca con un soplador a motor, que extingue momentáneamente lo que arde en la superficie. Pero Silva rápidamente desmoviliza a su tropa: es mejor concentrar los esfuerzos en crear un corredor frío, mojando la vegetación junto al camino para evitar que las llamas salten al otro lado, donde se extiende un monte nativo intacto habitado normalmente por jaguares. Desde el inicio de año el fuego ya ha consumido 23.500 km2, casi 12% del Pantanal, una llanura aluvial que se extiende también por Bolivia y Paraguay y alberga una biodiversidad única.