“He sido más poderoso que el propio presidente”. Esta frase es atribuida a Simón I. Patiño, el magnate boliviano que amasó una fortuna incalculable desde el subsuelo. Su figura, junto a la de Carlos Víctor Aramayo y Mauricio Hochschild, definió el destino de Bolivia durante buena parte del siglo XX. Ellos no solo extrajeron estaño: moldearon un país.
La historia de este mineral no es una simple narrativa de bonanza y colapso. Es una radiografía de poder, desigualdad, lucha y memoria. Una saga de luces intensas y sombras más largas aún.
El tiempo de los barones
A comienzos del siglo XX, el país dejó atrás el agotado ciclo de la plata. Las guerras perdidas, el aislamiento geográfico y un Estado débil empujaron a Bolivia a depositar su fe en otro mineral: el estaño, ese metal gris, maleable, capaz de soportar altas temperaturas y fundir imperios.
Desde las minas de Llallagua, Catavi y Huanuni, emergieron tres nombres que aún resuenan con fuerza: Patiño, Hochschild y Aramayo. Patiño llegó a ser uno de los cinco hombres más ricos del planeta. Desde sus oficinas en Ginebra y sus fundiciones en Inglaterra, movía las piezas del ajedrez político boliviano.
Controlaban el 70 % de la producción mundial de estaño y, por momentos, el Parlamento, los tribunales y hasta los sindicatos.
Pero mientras ellos vivían en mansiones en Europa, en los socavones los mineros morían jóvenes, asfixiados por la silicosis, explotados por empresas que medían su productividad al segundo. La desigualdad estaba escrita en el polvo de las vetas.
Llega la revolución
La historia se cobró su factura. Las condiciones de explotación y la creciente politización del movimiento obrero fueron el caldo de cultivo perfecto para la Revolución Nacional de 1952. Con fusiles al hombro y dinamita en mano, los mineros se convirtieron en vanguardia.
El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) tomó el poder y decretó la nacionalización de las minas. “Las riquezas del país ya no serán para unos pocos, sino para el pueblo boliviano”, proclamó el entonces presidente Víctor Paz Estenssoro.
Nacía la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), un emblema del nuevo orden económico. Por primera vez, el Estado controlaba las entrañas del país. Y los mineros, desde sus sindicatos, se convirtieron en actores políticos de peso, incluso en oposición a los gobiernos que los impulsaron.
Pero el tiempo del estaño tenía fecha de caducidad. La sobreexplotación, la falta de inversión y la volatilidad del precio internacional llevaron a Comibol a la crisis. En 1985, el precio internacional del estaño se desplomó un 50% en semanas. La economía estatal colapsó.
El Gobierno de Paz Estenssoro —el mismo que había nacionalizado las minas 33 años antes— firmó el Decreto Supremo 21060. Miles de mineros fueron “relocalizados”. Las minas cerraron. El ciclo se extinguió.
Muchos ex trabajadores migraron a El Alto, Cochabamba o Santa Cruz, convertidos en comerciantes, transportistas o informales. Otros formaron cooperativas que sobreviven en condiciones precarias. El Estado, una vez minero, se replegó.
La historia del estaño dejó heridas abiertas, que aún tardan en sanar. Bolivia nunca logró industrializar su riqueza ni construir una economía diversificada. Y mientras el mundo gira ahora hacia el litio, resurgen viejas preguntas: ¿quién controla los recursos? ¿Quién se beneficia? ¿Aprendimos algo o no?
TIEMPOS DE GUERRA Y REVOLUCIÓN Guerra del Chaco. El gasto militar boliviano en este conflicto, se financió con exportaciones de estaño. Revolución del 52. Nació Comibol e inicio del control estatal sobre la minería. Los mineros ganaron poder político. La salvadora. Patiño compró la mina en 1897. Desde 1904 operó con vetas ricas y, en 1910 usaba tecnología de punta. Los barones. 70 %: Porcentaje del estaño mundial controlado por Patiño, Hochschild y Aramayo en su auge.