Un estudio de la Fundación Unir reconoce 1.257 conflictos en el país entre diciembre de 2019 y abril de 2021. En un periodo anterior, desde el 2018 hasta 2020, Bolivia registró un promedio de 6 conflictos por día. A la tensión política-ideológica se suman otros motivos que alientan el clima de conflictividad en el país. Inestabilidad económica, crisis sanitaria o irrespeto a los derechos humanos son los detonantes de este malestar social. Según el mismo reporte, la depresión y la ansiedad aumentaron más de un 25% en el primer año de la pandemia. A este panorama se suman otros problemas casi permanentes como la problemática en el seno familiar, laboral, escolar, e incluso, en el mismo ámbito personal. La preocupación por el incremento de este tipo de enfermedades alerta a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los trastornos mentales afectan al 22% de las personas que viven en zonas de conflicto. La salud mental se deteriora de manera alarmante en los habitantes de escenarios violentos”, asegura un estudio patrocinado por la OMS y publicado en la revista médica The Lancet. La situación política, económica y social de un país repercute directamente en el estado de salud mental de las personas. Cualquier desequilibrio en esos niveles antecede la aparición de cuadros médicos como el estrés, que puede derivar en situaciones crónicas, trastornos de ansiedad aguda e inseguridad constante frente al futuro. Uno de los síntomas más frecuentes antes esta saturación emocional desemboca en ataques de pánico. Valeria Carrazana Paz, psicóloga con experiencia en Consejería Covid-19 y psicoterapeuta, recuerda que “durante la limitación de relaciones sociales por el encierro en pandemia se produjeron síntomas de aislamiento que desencadenaron depresión. La prolongación de privación de libertad repercute sin lugar a dudas en acciones explosivas e impulsivas frente a cualquier estímulo que cuestione la propia autonomía y libertad, llegando el razonamiento a ser irracional, catastrófico y paranoico entre otros“. Carrazana demanda la consolidación de políticas públicas de salud que abarquen esta problemática. Desde una posición crítica matiza que estas políticas no son prioridad para la administración pública actual. “Dada la vivencia de los últimos años, mínimamente en los centros de salud con atención primaria se debería realizar una evaluación preliminar sobre el estado de salud mental de los pacientes, con una simple encuesta podremos constatarlo. Lastimosamente no existen programas de prevención primaria dirigidos a la salud mental y tampoco orientación sobre la misma”, reflexiona. El exceso de redes sociales también afecta a la salud mental Carrazana también se desempeña como catedrática del área de salud mental en la UPDS. Uno de los temas que más interés despierta en las investigaciones se vincula con la desinfodemia. La psicóloga se refiere a la generación y reproducción de informaciones falsas o sesgadas sobre diferentes temas, no solo políticos, sino también económicos y sociales que buscan provocar incertidumbre, temor o división en la ciudadanía. El comunicador Brian Costas recomienda crear medidas de prevención y precaución para que las redes sociales no afecten a la salud mental, leyendo libros, fuentes de información oficiales y no solo limitarse a la información que proviene de las redes sociales, pues la mayoría de esta información es manipulada o falsa”. Apunta a ciertos grupos políticos en redes sociales que son “gatilladores de información violenta, negativa o confusa que crean pánico o violencia en la sociedad”. Los discursos de odio se suman como factor de estrés. Autoridades políticas, dirigentes cívicos, sociales y sindicales expresan, publican y viralizan discursos para descalificar, intimidar, acosar y perseguir a sus “contrarios”. Así lo confirma un estudio realizado por el medio alternativo Piedra en el Zapato. Analizó los discursos de odio en la política boliviana a partir de declaraciones, comunicados y publicaciones, en su mayoría en redes sociales, entre el 1 de diciembre de 2019 y el 18 de mayo de 2021. “Los discursos políticos en Bolivia son muy violentos y esto también afecta el estado mental de la ciudadanía” finaliza Costas.