Cada 24 de enero, la ciudad de La Paz no solo celebra una de sus tradiciones más emblemáticas, sino que activa un engranaje económico de alto impacto social. La Feria de la Alasita, profundamente arraigada en la identidad paceña, combina cultura, empleo temporal, producción artesanal, comercio popular y turismo urbano, convirtiéndose en una de las expresiones más visibles de la economía cultural local.
Ronald Bedregal Tejada, director de la carrera de Ingeniería Económica de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que la Alasita “no es solo una feria tradicional, sino un mercado estacional intensivo que moviliza miles de unidades productivas familiares en un corto periodo de tiempo”.
La producción anticipada de miniaturas, la compra de insumos, la logística y la comercialización directa configuran un circuito económico que comienza semanas antes del evento y se extiende más allá de su clausura.
Bedregal explica que cada artesano o comerciante que participa en la feria funciona, en los hechos, como una microempresa temporal. “La Alasita activa empleo directo e indirecto en artesanía, comercio, transporte, gastronomía y servicios, permitiendo que numerosos hogares complementen ingresos en un contexto donde el autoempleo sigue siendo predominante”, afirma.
Empleo temporal y economía popular
El impacto laboral de la feria es significativo. Miles de puestos de trabajo directos se generan en el campo ferial y en sus alrededores, mientras que el empleo indirecto alcanza a sectores como seguridad, limpieza, provisión de insumos y transporte urbano. De acuerdo con proyecciones para 2026, la Alasita moverá más de 40 millones de bolivianos, involucrando a más de 5.000 productores y artesanos, cifras que superan las registradas en años anteriores.
Para Bedregal, este fenómeno convierte a la feria en un verdadero amortiguador social urbano. “La Alasita no reemplaza políticas estructurales de empleo, pero mitiga vulnerabilidades, fortalece redes productivas barriales y mantiene en circulación recursos que, de otro modo, permanecerían estancados”, señala.
No obstante, el economista advierte que se trata de un empleo estacional, por lo que muchos comerciantes deben migrar luego a otras festividades como Carnaval, Todos Santos o la Feria de Navidad.
Miniaturas y encadenamientos productivos
El corazón simbólico y económico de la feria son las miniaturas. Su elaboración revela una compleja cadena de valor cultural, que articula talleres de yeso, madera, cerámica, metal, textiles e impresión. “La producción de miniaturas no es solo consumo ritual, es manufactura cultural con alto valor agregado simbólico”, destaca Bedregal.
Este entramado productivo dinamiza el comercio local en su conjunto. El visitante no solo compra miniaturas, sino que consume alimentos, bebidas, juegos, rituales y transporte, generando un efecto multiplicador donde cada boliviano gastado se redistribuye en varios sectores de la economía paceña. En términos de economía cultural, la Alasita se inscribe plenamente en lo que se conoce como economía creativa o economía naranja, donde la cultura se transforma en ingreso y empleo.
Turismo cultural: una oportunidad estratégica
Declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2017, la Alasita posee un potencial turístico internacional aún poco explotado. Según Bedregal, “el reconocimiento de la UNESCO no es solo un logro simbólico, sino una ventaja competitiva que podría posicionar a La Paz en el mercado global del turismo cultural”.
Especialistas señalan que una estrategia integral —que combine feria, ritualidad, gastronomía, museos y rutas artesanales— podría incrementar la llegada de visitantes entre un 20% y 30%, replicando experiencias exitosas como el Carnaval de Oruro. Considerando que el turismo cultural representa cerca del 40% del turismo mundial, la Alasita podría convertirse en el eje de una “temporada cultural paceña” con impacto sostenido en la generación de divisas.
Más allá de su valor simbólico, la Feria de la Alasita funciona como una lección abierta de economía urbana. “Muestra cómo la tradición genera empleo, cómo la cultura produce ingresos y cómo la economía popular sostiene a la ciudad en contextos de incertidumbre”, resume Bedregal.
Con políticas públicas adecuadas, acceso a microfinanciamiento, innovación cultural y medición sistemática de su impacto, la Alasita puede trascender su carácter coyuntural y consolidarse como un motor estratégico de desarrollo económico y cultural. En cada miniatura, la ciudad no solo deposita un deseo, sino también una oportunidad concreta para transformar la tradición en crecimiento sostenible.