La vida silvestre está cada vez más amenazada y acorralada por los seres humanos. Un ejemplo de ello son Luna y Roque, un par de águilas arpías que dentro de poco regresarán a su hábitat natural. Fueron rescatadas hace cuatro años y sus historias solo revelan el daño que deja la deforestación, los incendios y hasta el tráfico animales salvajes en la región.
Luna y Roque fueron encontrados en Guarayos el año 2018 porque sus nidos cayeron junto con los árboles que cortaron. “Primero fue Luna y un mes después, Roque. Sin embargo, esperamos que dentro de poco sean devueltas a la vida silvestre”, reveló la médico veterinaria Cecilia Dorado, del Centro de Atención y Derivación de Fauna Silvestre de la Gobernación (CAD).
La médica informó que estas aves ya están en edad adulta. “Llegaron pichones, no eran agresivos ni mucho menos sabían atacar. Pero las hemos atendido, curado las lesiones y apoyado en todo momento para que vuelvan a su entorno natural”, resaltó.
Dorado aseguró que estos ejemplares están seguros en el primer programa de reinserción, que trabaja con otras instituciones para que estos animales silvestres sean liberados. Para ello, tener cero contacto con los humanos ha sido clave. Es así que para su alimentación, los cuidadores deben disfrazarse para alcanzarles la comida a estas aves rapaces. Desafortunadamente, Luna y Roque no son las únicas harpías en la ciudad. Juanita, que aún está en el CAD, también fue rescatada hace algún tiempo en Guarayos.
Este ave, de poco más de un año y tres meses, fue entregado por guardaparques del Río Blanco y Negro. “Juanita llegó con heridas en el pico y las garras, porque se las limaron al extremo, para que no ataque a sus captores. Estas aves hacen sus nidos en los árboles, que, debido a la tala indiscriminada o las concesiones territoriales, estos árboles caen con todo y nido. Es por ello que capturan a los pichones y se aseguran de que no los ataquen dejándolos sin pezuñas ni pico”, comentó Dorado.
A Juanita han tenido que suministrarle colágeno y calcio, además de otros fármacos para que pueda recuperar su físico natural. “Ahora tiene buen vuelo, se alimenta mejor, pero en porciones pequeñas porque aún es un pichón. Cada dos meses se realizan sus controles y esperamos que dentro de poco también ingrese al programa donde están Luna y Roque”, aseveró la veterinaria.
El águila arpía es un predador, un controlador de plagas. Se lo puede observar en extensiones grandes de bosque húmedo. En el país habita en la Amazonía, Yungas y Chiquitania. Se caracteriza, físicamente, por su gran tamaño: la hembra puede alcanzar los 224 centímetros y pesar hasta nueve kilogramos, mientras que el macho hasta 196 centímetros y pesar unos ocho kilos. Sus alas, tanto de la hembra como del macho, llegan a medir entre 176 y 201 centímetros.
Lo más sobresaliente es su cresta de plumas sobre la cabeza. La hembra tiene una mayor extensión de tonos claros, posee un pico fuerte y garras que alcanzan los 15 centímetros de largo.
Sin embargo, debido a la caza indiscriminada y la pérdida de su hábitat, esta ave ha sido catalogada como “casi amenazada” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN por sus siglas en inglés).
Más víctimas
A la historia de las águilas arpías se suman otras tantas, que tienen como protagonistas a monos silbadores, monos arañas, tucanes, parabas, un oso melero, zorros y hasta un chancho tropero. Cada uno tiene alguna lesión producto de los incendios, domesticación o abandono.
Celim (alias el brayan) es un mono silbador, quizá el más consentido del CAD, que fue rescatado del tráfico de animales silvestres. “Su condición era realmente lamentable, tenía desnutrición y lesiones graves en la piel. Su recuperación ha sido lenta, pero afortunadamente se está restableciendo favorablemente”, afirmaron en el centro, mientras el pequeño permanece en una jaula con un oso de peluche al lado.
En otro enmallado están Trek y Tilín (monos silbadores), esta parejita recién ha sido reunida. “Cuando llegó Trek era muy pequeña, necesitaba calor y teníamos que cargarla en un aguayo todo el día. Había que alimentarla cada dos horas y para eso tenía que llevármela hasta mi casa”, develó Dorado, quien siente a la pequeña como su propia hija.
Sin embargo, los negritos (dos monos araña) no tuvieron tanta suerte. “Ellos estaban encadenados en una hacienda en Guarayos, uno por 12 y otro, 18 años; sus heridas estaban encalladas al punto de que de la zona donde estaban presos ya no tenían pelo”, relató otra cuidadora en el CAD.
Así como ellos hay varias especies. El más reciente es el caso de un oso hormiguero que está en Roboré. Fue rescatado el mes pasado por los bomberos forestales, con el 25 por ciento de su cuerpo quemado. “Nuestros bomberos forestales tienen el conocimiento y la capacidad de rescate y contención de fauna silvestre. Queremos agradecer el apoyo del médico veterinario zootecnista Jerjes Suárez, quien de forma muy desprendida está apoyándonos en las curaciones y dándole el tratamiento al animalito, mientras hacemos el seguimiento de cerca de este ejemplar”, manifestó Alessandra Lobo, encargada del Programa de Conservación de la Biodiversidad de la Gobernación.
Este programa cuenta con un equipo de trabajo de ocho personas entre veterinarios, biólogos y otros profesionales que se han puesto la camiseta, dado que no miden su horario de trabajo. “Somos un equipo comprometido que, por ahora, tiene 140 animales a nuestro cuidado, pero esto puede ser variable”, apuntó Lobo. Además explicó que de todos ellos, los que ya han sido domesticados y dependen del ser humano, incluso para alimentarse, son trasladados a centros de custodia de fauna silvestre (que pueden ser con o sin exhibición); a los otros, se los reinserta a su hábitat natural.
Gonzalo Rocha trabaja en el CAD desde el año pasado y desde entonces ha cambiado su forma de ver la fauna silvestre. “Es muy distinto ver desde fuera y tratarlos. Realmente se siente la tristeza de los animalitos estando encerrados, cuando la gente intenta domesticarlos y peor aun cuando son víctimas de los incendios. El escenario que me tocó ver cuando fui bombero fue realmente deplorable. Los animales silvestres intentan escapar del fuego, corren despavoridos, a veces en sentido contrario a donde pueden estar a salvo y terminan rindiéndose, allí es cuando el incendio los alcanza”, relató visiblemente emocionado. El temor de volver a vivir los siniestros del 2019 y 2020 sigue latente. Con la alerta roja declarada por la Gobernación debido a los incendios forestales, el equipo ha redoblado esfuerzos para preparar y preparar al resto de los bomberos y brigadistas, con la finalidad de que estén atentos ante un posible desastre natural que ponga en riesgo la fauna silvestre.