Por Daniela Revollo
En un pequeño taller, entre chispas, pegamento, fierros reciclados y el olor a metal caliente, trabaja Rimer Zapata, un hombre de mediana edad cuya apariencia ruda contrasta con la ternura con la que cambia de su voz cuando habla de su labor.
Al principio, su trabajo era como el de muchos otros: soldaduras aquí, reparaciones allá, estructuras metálicas que cumplían su función y poco más. Pero todo cambió el día que una madre se le acercó tímidamente. Con voz suave y ojos llenos de preocupación, le preguntó si podría construir un carrito especial para su pequeño hijo con discapacidad. El niño tenía dificultades para caminar y la mujer solo quería darle una forma digna de movilizarse.
Rimer, sin pensarlo dos veces, aceptó. No pidió dinero, solo tiempo y lo que tuviera a mano: una bicicleta vieja guardada en el fondo del taller, restos de un sillón abandonado, esponjas gastadas y un poco de cuerina. Con paciencia y cariño, convirtió esos desechos en un medio de transporte adaptado. El resultado no fue solo un carrito funcional, sino un acto de amor hecho metal.
Recuerda aún, con la voz quebrada y los ojos húmedos, la sonrisa de aquel niño al recibir su nuevo carrito. La emoción de la madre, el agradecimiento en su mirada, fue lo que encendió una llama dentro de él. Ese día, Rimer entendió que su habilidad con el metal podía hacer mucho más que construir estructuras: podía cambiar vidas.
Desde entonces, no ha parado. Día tras día, entre restos de bicicletas, coches de bebé, máquinas de gimnasio y fierros en desuso, Rimer diseña y arma dispositivos de movilidad adaptados para niños con discapacidades. Lo hace con lo que tiene, reciclando, reutilizando, reinventando. Personas de buen corazón le donan materiales, otros colaboran con lo que pueden. Pero no es suficiente.
“Me gustaría poder hacer más”, dice Rimer con la voz quebrada. Sabe que hay muchos niños esperando, muchas madres buscando soluciones que no encuentran en el sistema. Por eso, hace un llamado urgente a la sociedad: a sus colegas soldadores, para que se unan a esta cruzada; a quienes tengan materiales en desuso, para que no los boten, sino que los conviertan en herramientas de inclusión.
Rimer necesita donaciones: carros viejos, triciclos, bicicletas, máquinas de gimnasio rotas, esponjas, cuerina, cualquier cosa que pueda transformarse. “Todo sirve cuando el propósito es ayudar”, dice con convicción. Y quienes quieran colaborar pueden contactarlo directamente al 78025320.
Rimer Zapata sigue soldando sueños. Y en cada chispa que brota de su soplete, hay un pedacito de esperanza para un niño que solo quiere moverse y poder jugar.