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Emprender con propósito: la historia de Gama Color, la fábrica boliviana que creció sin perder sus principios

Martes, 24 de junio de 2025 a las 06:43

Por Redacción

 

Gama Color es una marca de pinturas boliviana fundada por Rafael Nava. Lo que comenzó con una producción artesanal de apenas 11 baldes se ha convertido en una empresa consolidada que hoy pinta el país

Por Daniela Revollo Acosta

Un septiembre de 2015, entre las paredes húmedas de un pequeño galpón de seis por siete metros, nació Gama Color. No fue un nacimiento fácil. Su creador, Rafael Nava, venía de una amarga experiencia empresarial que lo dejó en ruinas. Sin embargo, lejos de rendirse, volvió a comenzar desde cero, con lo único que no había perdido: la determinación.

Rafael es un hombre de mediana edad, de pocas palabras y muchas convicciones. Serio, amable, reservado y firme. Nacido en Santa Cruz de la Sierra, hijo de padres sucrenses.

Rafael se formó como ingeniero comercial, con esfuerzo propio y el apoyo de una familia trabajadora que le enseñó desde temprano el valor del sacrificio. Su madre, ama de casa, y su padre, electricista, fueron su primera escuela de vida. Rafael recuerda con cariño cuando acompañaba a su padre en el trabajo; entre cables y herramientas, fue aprendiendo no solo sobre el oficio, sino también sobre responsabilidad, constancia y orgullo por el trabajo bien hecho.

Con esa visión decidió fundar Gama Color, con un propósito claro: ofrecer una pintura de mejor calidad. 

Con un limitado presupuesto de Bs 4.000 prestados, compró químicos, envases, algo de materia prima, y junto a su único colaborador, Rudy Huancaiña, construyó una máquina casera para fabricar pintura. 

El primer lote fue pequeño: 11 baldes de 18 litros cada uno. Los cargó con entusiasmo en su viejo Mitsubishi azul de tres puertas y salió a recorrer por el Plan Tres Mil. Vendió todo.

En esa etapa de trabajo, en más de una ocasión, Rafael no estuvo solo. Sus hijas, entonces de 10 y 12 años, lo acompañaban en las entregas. Pequeñas pero decididas, se esforzaban por cargar los pesados baldes, compartiendo no solo el peso físico del trabajo, sino también el emocional de un proyecto familiar que aún era solo una esperanza.

Cuando el negocio comenzó a despegar, Rafael no pensó en lujos. Junto a su colaborador fabricó los muebles y estantes de la oficina. Lo importante era avanzar. 

Así empezó el sueño. En una época en que la tecnología y las grandes marcas dominaban el mercado, Rafael apostó por la calidad artesanal y la cercanía con el cliente. Su pequeña máquina producía 200 litros por jornada. Hoy, su fábrica puede producir hasta 8.000 litros diarios.

A medida que crecía la demanda, también crecían los desafíos. Añadió al jeep azul una chata que cargaba 50 baldes más, luego los cambió por una pequeña camioneta café. 

Hoy cuenta con seis camionetas aptas para la distribución nacional. Donde antes eran solo dos personas, hoy trabajan 27 de forma directa en diferentes áreas: laboratorio, control de calidad, producción, cobranzas, ventas, choferes, ayudantes, mantenimiento y personal administrativo.

El empleo indirecto también es fundamental para el crecimiento de la empresa. Está conformado por una red de ferreterías que comercializan sus productos en el país, así como por constructores y pintores que eligen su pintura como herramienta clave en cada obra que realizan. Son aliados estratégicos que, día a día, extienden el alcance y la confianza construida por la marca.

Pasó de un galpón húmedo a una fábrica de 2.300 metros cuadrados. Abrió una sucursal en La Paz y su producto se distribuye a escala nacional. Y quien está al frente de esa sucursal no es otro que Rudy Huancaiña, su primer y fiel compañero de ruta, quien sigue siendo parte del crecimiento de Gama Color.

El 60% de los insumos que utiliza la empresa proviene de Brasil. Rafael cuida cada detalle del proceso: desde la elección de la materia prima hasta la atención posventa. 

Pero si hubo un secreto que marcó la diferencia, fue su cercanía con el cliente. Desde el inicio, escuchaba en primera persona cada sugerencia, crítica o necesidad. Se tomaba el tiempo para ajustar fórmulas, mejorar acabados o modificar colores según el pedido de quienes confiaban en él. Esa cercanía se mantiene hasta hoy. Si hay un conflicto, él mismo se presenta, escucha, resuelve y agradece.

La etapa más dura llegó con la pandemia. Durante meses no se podía producir ni vender. Las ferreterías estaban cerradas, las calles vacías y los talleres paralizados. Pero Rafael sabía que tenía una responsabilidad: con su familia y con cada colaborador que creía en su liderazgo. Contra toda lógica y sin ingresos, cumplió con los sueldos, mantuvo a su equipo y resistió. Fue un tiempo de angustia, pero también de reafirmar el compromiso que siempre marcó su forma de hacer empresa.

Gama Color no es solo una empresa de pintura. Es la prueba de que el color más fuerte es el de la voluntad. Que desde el fondo se puede volver a empezar. Que, con trabajo, visión y una convicción firme, hasta un puñado de baldes puede convertirse en una industria nacional. Porque los sueños florecen —y perduran— cuando quien los sueña camina siempre al lado de quienes los hacen realidad.

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