Daniela Revollo En un espacio lleno de colores, telas y envases reciclados, Julia Avilés crea monederos, carteras y piezas únicas que cuentan una historia: la de una arquitecta que decidió redibujar su destino con creatividad y conciencia ambiental. A sus 29 años, la chuquisaqueña que radica en Santa Cruz, logró lo que muchos sueñan: vivir de lo que ama y al mismo tiempo, aportar al cambio. Su voz es suave, hay una dulzura evidente en su forma de hablar y de vestirse, pero también una firmeza que sorprende. En sus brazos y dedos, tatuajes artísticos revelan otra faceta: la fuerza de una mujer que, aunque delicada, no tiene miedo. Diseñadora, ilustradora, tatuadora y arquitecta de profesión, Julia es el resultado de un hogar donde lo hecho a mano siempre tuvo valor. Su madre, modista; su padre, soldador. Creció entre costuras y chispas, telas y herramientas. Aprendió que las manos no solo construyen: también sueñan. Su historia comenzó con un gesto cotidiano: el deseo de no tirar basura en la calle. En el verano de 2023, Julia solía guardar envases de galletas y jugos en su cartera hasta encontrar dónde desecharlos correctamente. Un día, al vaciar su bolso, algo cambió. Imaginó un monedero hecho con esos mismos envases. Lo cosió solo para ella. Luego vinieron encargos de familiares y amigos. Poco después, decidió publicarlos en Marketplace. La respuesta fue inmediata. Su bandeja de mensajes no dejó de sonar. Sin plan de negocios ni inversión previa, usó la vieja máquina de coser de su casa, unos hilos, cierres que ya tenía y envases reciclados. Con cero bolivianos, La Frutilla floreció. El primer monedero que vendió costó Bs 20 y aún mantiene precios económicos. Hoy, Julia trabaja sola. Pasó de fabricar una docena de piezas al día a producir entre 30 y 50, según el modelo. Los monederos, estuches y carteras que fabrica están hechos a partir de envases reciclados de galletas, papas fritas, cereales, dulces y todo lo que puedas imaginar. Cada pieza es una muestra de ingenio y sostenibilidad. Además, diseña carteras exclusivas en ediciones limitadas: entre cuatro y seis unidades por modelo. Una vez agotadas, no las vuelve a fabricar, generando así un sentido de expectativa y exclusividad entre sus seguidores. Su creatividad no se limita a los accesorios: también diseña su propia ropa y ha comenzado a vender algunas prendas, siempre bajo su sello personal, combinando estilo y originalidad. No solo reutiliza envases para sus productos: también recicla materiales para sus empaques. Papeles descartados por imprentas se convierten en envoltorios con una segunda vida. Su estrategia para conectar con el público no nació de un curso de marketing, sino de la intuición y la empatía. Con cercanía y transparencia, realiza lives en TikTok, responde sugerencias, cuenta las historias detrás de cada diseño y comparte contenido útil, como tips de costura o ilustración. Para mejorar sus videos y fotos, ha ido equipándose con luces, trípodes y un mejor celular, todo paso a paso, con lo que tiene al alcance. Comenzó en su monoambiente con una vieja máquina Singer de pedal, negra y robusta, modelo 15. Hoy cose en un espacio adaptado exclusivamente como taller, con su nueva compañera: una Elgin Genius doméstica de 20 puntadas, regalo de su tía. A futuro, sueña con una máquina industrial. “Quiero tener un estudio de arte donde pueda exponer todo lo que hago, sin limitarme a una sola cosa y tener libertad creativa”, dice con una sonrisa, encogiendo los hombros. Con seguridad anima a quienes quieren empezar “desde cero”. Hoy, los productos de La Frutilla recorren el país, llevando en cada costura un mensaje poderoso: incluso lo que parece desecho puede renacer con belleza, propósito y generar un ingreso.