Te vienen unas ganas de llorar y un desgano que puedes ver que el mundo se está acabando y no te levantas de la cama”, relata María, de 40 años, que acaba de restablecerse del covid-19 y tuvo esos síntomas mientras su cuerpo peleaba contra la fatiga, la fiebre y los dolores musculares.
El virus la alcanzó antes de que reciba su primera dosis y sus más cercanos recuerdan -ahora con algo de gracia- que pareciera que el virus le cambió el carácter. De ser de las personas que nunca se enojan, mientras estuvo con el cuadro febril parecía que todo le irritaba, al punto que costaba darle remedios.
Martha pasó por algo similar. Se enfermó en junio del año pasado cuando todos, incluso los propios médicos, estaban aprendiendo a luchar contra el virus, que para entonces era desconocido. Había noches en que Martha despertaba con un punzón fuerte en el pecho, sumado a un miedo y una angustia sin razón aparente. “Era terrible porque para entonces el paciente era aislado completamente. Solo podía ver a mi hermano que corría conmigo hasta la Emergencia, cada vez que el aire me faltaba”, cuenta la joven.
Esos padecimientos son manifestaciones de los cuadros de depresión y ansiedad asociados al SARS-CoV-2. Médicos y autoridades sanitarias creen que estos síntomas se han acentuado en esta tercera oleada producto de la circulación de diferentes variantes, entre ellas la Gamma (conocida inicialmente como brasileña).
Una médica que asiste a enfermos moderados y graves de coronavirus indica que tiene pacientes que llevan hasta seis meses con cuadros de ansiedad y que algunos no pueden dejar la terapia con oxígeno porque sienten que les falta el aire cuando se quita esa asistencia, a pesar de que su saturación ya ha sido estabilizada (está por encima del 92% o 95%). La especialista recurre a administrar sedantes y antidepresivos para calmar estos cuadros de ansiedad.
“Algunos pacientes son muy nerviosos y eso no ayuda en su recuperación. Eso complica los tratamientos y puede agravar sus cuadros”, explica.
El gerente de la Unidad de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud (Sedes), Carlos Hurtado, remarca que la mayoría de las enfermedades virales producen de alguna manera depresión o están asociadas a enfermedades siquiátricas, como angustia, depresión y ansiedad.
En lo que se refiere al covid-19, señala que esta enfermedad ha golpeado de forma más evidente los problemas siquiátricos, porque hay personas que viven con el miedo, con la ansiedad de no enfermarse.
Hay personas sanas que sienten que tienen síntomas de coronavirus sin estar infectadas, por lo que cualquier malestar de espalda o dolor de cabeza lo asocian al virus.
De igual forma, del grupo de personas que se contagia, hay quienes se deprimen y empiezan a automedicarse con lo que le recomiendan, porque está presente el miedo a complicarse y morir. Esta angustia aumenta cuando el paciente se interna en un centro hospitalario, por el aislamiento.
“En el poscovid quedan muchas secuelas, como delirios, astenia (desgano) y algunas alteraciones neurológicas y más se ve en los adultos quienes presentan depresión, angustia y ansiedad”, remarcó Hurtado, que señala que en la tercera ola el cuadro del coronavirus llegó más complicado por las variantes y estos síntomas también se pronuncian.
¿Por qué se desencadena?
Estudios concluyen que la depresión por coronavirus se presenta con angustia, ansiedad e irritabilidad. La angustia del covid-19 se da en cuatro fases: miedo, aislamiento, incertidumbre y futuro.
La primera angustia es miedo a la enfermedad y a morir solo en un hospital. Y es que, no sólo se trata de un contagio, sino que también del alto riesgo de no poder despedirse de sus seres queridos.
La segunda fase de angustia de la depresión covid-19 hace alusión al aislamiento, producto del confinamiento que parece nunca acabar, lo que nos lleva a la tercera angustia: incertidumbre, especialmente por la economía. Mucha gente ha perdido su trabajo y varias empresas han optado por disminuir sus gastos, por lo que nunca se sabe cuándo te puede tocar.
Finalmente, se habla de angustia por falta de un futuro. Esto, principalmente, porque cada día se hacen nuevos hallazgos sobre la enfermedad y, a pesar de que se ven avances, no hay claridad de cómo será el futuro.
Los niños no están a salvo
No precisamente por el virus, sino que el aislamiento social por la pandemia ha incrementado las posibilidades de que los niños sufran de depresión. Esto se debe a que existen mayores factores de riesgo que pueden desencadenar el problema y reducir las posibilidades de protección, dice el infectólogo pediatra Carlos Paz.
“En la pandemia, el duelo adquiere otra connotación: no es solo la muerte, sino la pérdida de la vida como era antes del covid-19 y la falta de perspectiva para retomarla. En este sentido, casi nadie sale ileso. Los niños perdieron el contacto con la escuela, amigos y familiares. En casa notan el estrés y el miedo de los familiares. Por eso, tenemos que volver a la normalidad por la salud mental de nuestros niños”, agrega el especialista.
El desafío para los médicos ahora es comprender si los informes son, en realidad, depresión o trastornos transitorios, provocados por el momento de estrés al que se ven sometidos niños y adultos en la pandemia, dice Paz.
Una encuesta del Instituto de Psiquiatría de la Universidad de San Pablo, de Brasil, que investigó la salud mental de los menores de edad en la pandemia, identificó síntomas de ansiedad o depresión en el 27% de los niños en esta pandemia. El especialista afirma que los niños que tienen este cuadro deben recibir apoyo sicológico y en algunos casos, hasta medicación. El tratamiento debe involucrar a toda la familia. Basado en lo que está ocurriendo en Italia y España, que están volviendo a la normalidad y las escuelas son un filtro para estas alteraciones en los niños, Paz cree una vez que desciendan los casos “es importante que los niños retornen a las aulas obviamente con las medidas de seguridad correspondientes y con el descenso de casos”. El retorno a clases tiene que ser lo más normal posible. “Decirle a un niño: no puedes compartir un vaso de agua, no puedes dar abrazos, no puedes hablar, es contraproducente. No se puede crear una pandemia de terror con mi hijo. Eso afecta su salud mental”, advierte el especialista. Y las secuelas La Organización Mundial de la Salud (OMS), en una alerta epidemiológica publicada sobre las secuelas que está dejando el covid-19, advierte que entre ellas están las neuropsiquiátricas. “En casos graves de covid-19, la respuesta hiper-inflamatoria sistémica podría causar un deterioro cognitivo a largo plazo, como, por ejemplo, deficiencias en la memoria, atención, velocidad de procesamiento y funcionamiento junto con pérdida neuronal difusa”, dice el documento. Además, se ha documentado que los procesos inflamatorios sistémicos en personas de mediana edad podrían llevar a un deterioro cognitivo décadas más tarde. Por lo tanto, la evaluación a largo plazo de manifestaciones clínicas de esclerosis múltiple será necesaria en pacientes recuperados de Covid-19. Adicionalmente, hay relatos de que el SARS-CoV-2 puede alcanzar el sistema nervioso central y periférico, con propagación hematógena o propagación neural directa por vía respiratoria por posibles mecanismos de neurotropismo del virus. El receptor de la enzima convertidora de angiotensina 2 (ECA II) desempeña un papel en el mecanismo por el cual el virus SARS-CoV-2 ingresa a la célula y se expresa en el cerebro. También se han observado diversos tipos de manifestaciones clínicas neuropsiquiátricas, como encefalopatía, cambios de humor, psicosis, disfunción neuromuscular o procesos desmielinizantes, pueden acompañar a la infección viral aguda o pueden seguir a la infección por semanas, meses o potencialmente más tiempo, en pacientes recuperados. Por lo tanto, el seguimiento neuropsiquiátrico prospectivo de personas expuestos al SARS-CoV-2 en las diferentes etapas del ciclo vital, así como su estado neuroinmune, es crucial. En cuanto a las secuelas sicológicas, la propagación del Covid-19 a nivel global, ha llevado a encaminar esfuerzos para asegurar el distanciamiento social, por lo que podrían presentarse efectos psicológicos negativos por el aislamiento social. Todos los grupos de edad tienen riesgo de sufrir las secuelas psicológicas por las medidas de salud pública implementadas durante la pandemia y grupos específicos como el personal de salud podrían también recibir un impacto en la salud mental.